«Ópera
es teatro en música» afirma
Monteverdi –fundando el género
con su Orfeo ¡hace 400 años!-
y lo confirma Verdi con Aïda (1871)
que cierra su segundo período coronado
por el Requiem de 1874. Seguirán
13 años sabáticos sin ópera, con
piezas sacras y estudio de la “maravillosa
armonía de Wagner”; y como ave
fénix traerá dos últimas
joyas innovadoras, Otello y Falstaff.
Ya en el
bronce, el genio humilde y severo, nacido en La Roncole, que recorrió el
siglo y el teatro de la vela a la luz eléctrica, sabía equilibrar
perfectamente monumentalidad y sutileza.
A cada tramo, Aïda (nombre
que inventó Verdi), alterna quietud con agitación, intimismo
con reacción. En general, la puesta omitió este principio de
acción-reacción. Los desplazamientos fueron iguales, simétricos… cuando
se producían, pues poco distaban el afiche y las fotos de la realidad
arriba del escenario. Estática, sólo estática. Amenizaron
las proyecciones y efectos, aunque éstos o se repetían o eran
simplistas; e incluso a modo de viejos petardos sucesivos arruinaron la iridiscente
sonoridad que sustenta lo que cantan: “Para nosotros se abre el cielo
y las almas errantes vuelan al rayo del eterno día”. Muerte
de amor que no se cumplió porque la esclava etíope no expira
en los brazos del general egipcio como especifica la partitura. Tomados de
la mano salieron por foro. A propósito: ¿estuvieron los cánticos
en el interior del templo de Vulcano, arriba de “la fatal piedra” que
sella la cripta del condenado?.
En la ópera (y opereta, zarzuela, ballet,
comedia) todo lo guía, describe y sincroniza
la música. El sincro estuvo,
pero con una morosidad que produjo el inevitable
efecto dominó. Que ya se denotó en
la escena triunfal (uno de los dos puntos de
popularidad de Aïda después
del aria inicial de Radamés cuando “a
su celestial Aïda le promete un trono vecino
al sol”). Ni siquiera esta escena
triunfal pudo remontar el impulso. Si se repasa Aïda,
fundamental en toda discoteca, la monumentalidad
que se espera –y anunciaba- se da sólo
en ese momento. Aquí es donde deben restallar
los fuegos del “espectáculo” que
no fue, con las largas trompetas llamadas como
la ópera (que Verdi mandó construir
especialmente), el coro escaso en calidad y escasísimo
en cantidad. ¿Por qué tan pocos?.
Sólo
la orquesta –con buena batuta de Walter Haupt- apareció impecable.
En tempo, en afinación (una de las excepciones del mundo desafinado
que nos rodea), en pujanza (caudal sonoro), sufriendo minúsculas distorsiones
de la amplificación. Supo dar relieve a los motivos que representan
personajes y significados (amor, ética, celos, patria, etc.) que se
transforman según la situación y dan unidad a la trama.
El canto
arioso (ya no el aria clásica) está fusionado con lo psicológico.
Y la prueba contundente es el solo de Aïda en el tercer acto, a orillas
del Nilo, que insiste con “Oh, patria mía, nunca más te
veré…”, acertada en todo sentido por la interpretación
de Assia Davidov, seguida por el dúo con su padre, Amonasro (Nikolay
Nekrasov), seguramente el punto de excelencia de toda la velada, por voces,
por teatro. Impresentablemente ataviado Radamés (Ernesto Grisales),
sin físico y sin timbre del rol; sin matices, sin actuación,
italiano ininteligible. Magnífica desde todo punto Amneris (Irina Bossini)
que al igual que Aïda, mimetizó perfectamente con los timbres orquestales.
Siguiendo
el espíritu de divulgación que subyace en estos megaespectáculos,
fue lamentable el error de tan mínimas pantallas que con muy poco podía
subsanarse. El subtitulado es fundamental. Desde la primera fila era imperceptible.
Abundaba lugar, tanto como la incertidumbre del público. Algunos intentaban
explicar al acompañante lo que intuían que sucedía en
escena, aumentando la confusión.
Por suerte
es indestructible la verdadera Aïda que dejó Verdi, gracias
al Canal de Suez y a la insistencia de tres años del Pashá Ismail,
virrey jedive de Egipto, compensada con 150.000 francos oro en el banco del
compositor, la Casa Rothschild y previo a la primera nota. Sí, es la
mayor cifra pagada en la historia, pero Aïda sigue invaluable.
La reacción
del público fue respetuosa. Aplauso cortés. Mientras muchos se
desubicaban dialogando a gritos, caminando a taco alzado, cruzando cigarrillos
y aromas comestibles, la mayoría fervorosa –estoica ante el viento
descampado-, ratificaba la regla dorada de la ópera: es pasión.
Marcelo Arce
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