H O M E

“Aïda on Fire” en el Hipódromo de San Isidro Jueves 15 de noviembre de 2007.

AÏDA SOBRE FUEGO APAGADO
por Marcelo Arce © 2007

«Ópera es teatro en música» afirma Monteverdi –fundando el género con su Orfeo ¡hace 400 años!- y lo confirma Verdi con Aïda (1871) que cierra su segundo período coronado por el Requiem de 1874. Seguirán 13 años sabáticos sin ópera, con piezas sacras y estudio de la “maravillosa armonía de Wagner”; y como ave fénix traerá dos últimas joyas innovadoras, Otello  y Falstaff.
            Ya en el bronce, el genio humilde y severo, nacido en La Roncole, que recorrió el siglo y el teatro de la vela a la luz eléctrica, sabía equilibrar perfectamente monumentalidad y sutileza.
            A cada tramo, Aïda (nombre que inventó Verdi), alterna quietud con agitación, intimismo con reacción. En general, la puesta omitió este principio de acción-reacción. Los desplazamientos fueron iguales, simétricos… cuando se producían, pues poco distaban el afiche y las fotos de la realidad arriba del escenario. Estática, sólo estática. Amenizaron las proyecciones y efectos, aunque éstos o se repetían o eran simplistas; e incluso a modo de viejos petardos sucesivos arruinaron la iridiscente sonoridad que sustenta lo que cantan: “Para nosotros se abre el cielo y las almas errantes vuelan al rayo del eterno día”. Muerte de amor que no se cumplió porque la esclava etíope no expira en los brazos del general egipcio como especifica la partitura. Tomados de la mano salieron por foro. A propósito: ¿estuvieron los cánticos en el interior del templo de Vulcano, arriba de “la fatal piedra” que sella la cripta del condenado?.
En la ópera (y opereta, zarzuela, ballet, comedia) todo lo guía, describe y sincroniza la música. El sincro  estuvo, pero con una morosidad que produjo el inevitable efecto dominó. Que ya se denotó en la escena triunfal (uno de los dos puntos de popularidad de Aïda  después del aria inicial de Radamés cuando “a su celestial Aïda le promete un trono vecino al sol”). Ni siquiera esta escena triunfal pudo remontar el impulso. Si se repasa Aïda, fundamental en toda discoteca, la monumentalidad que se espera –y anunciaba- se da sólo en ese momento. Aquí es donde deben restallar los fuegos del “espectáculo” que no fue, con las largas trompetas llamadas como la ópera (que Verdi mandó construir especialmente), el coro escaso en calidad y escasísimo en cantidad. ¿Por qué tan pocos?.
            Sólo la orquesta –con buena batuta de Walter Haupt- apareció impecable. En tempo, en afinación (una de las excepciones del mundo desafinado que nos rodea), en pujanza (caudal sonoro), sufriendo minúsculas distorsiones de la amplificación. Supo dar relieve a los motivos que representan personajes y significados (amor, ética, celos, patria, etc.) que se transforman según la situación y dan unidad a la trama.
            El canto arioso (ya no el aria clásica) está fusionado con lo psicológico. Y la prueba contundente es el solo de Aïda en el tercer acto, a orillas del Nilo, que insiste con “Oh, patria mía, nunca más te veré…”, acertada en todo sentido por la interpretación de Assia Davidov, seguida por el dúo con su padre, Amonasro (Nikolay Nekrasov), seguramente el punto de excelencia de toda la velada, por voces, por teatro. Impresentablemente ataviado Radamés (Ernesto Grisales), sin físico y sin timbre del rol; sin matices, sin actuación, italiano ininteligible. Magnífica desde todo punto Amneris (Irina Bossini) que al igual que Aïda, mimetizó perfectamente con los timbres orquestales.
            Siguiendo el espíritu de divulgación que subyace en estos megaespectáculos, fue lamentable el error de tan mínimas pantallas que con muy poco podía subsanarse. El subtitulado es fundamental. Desde la primera fila era imperceptible. Abundaba lugar, tanto como la incertidumbre del público. Algunos intentaban explicar al acompañante lo que intuían que sucedía en escena, aumentando la confusión.
            Por suerte es indestructible la verdadera Aïda que dejó Verdi, gracias al Canal de Suez y a la insistencia de tres años del Pashá Ismail, virrey jedive de Egipto, compensada con 150.000 francos oro en el banco del compositor, la Casa Rothschild y previo a la primera nota. Sí, es la mayor cifra pagada en la historia,  pero Aïda sigue invaluable.
            La reacción del público fue respetuosa. Aplauso cortés. Mientras muchos se desubicaban dialogando a gritos, caminando a taco alzado, cruzando cigarrillos y aromas comestibles, la mayoría fervorosa –estoica ante el viento descampado-, ratificaba la regla dorada de la ópera: es pasión.

Marcelo Arce

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