Kleine
Sinfonie (?)
1812. El 6 de agosto se realizaba en Teplitz
un concierto a beneficio de la ciudad de Baden,
que recientemente había quedado casi
destruída por un incendio. En aquel balneario
estaba Beethoven (exactamente en la posada El
roble”) desde principios de julio.
En la nota que remitía a su editor con
la Sonata para violín y piano N°
10 op. 96, había manifestado su interés
de asistir al evento para aportar con una de
sus obras.
Entre baños termales, se reúne
con sus amigos, los príncipes Kinsky
y Lichnowsky, con Varnhagen con Ense, Bettina
von Armin, su hermano Clemens Brentano, su hermana
Ernestine von Savigny y con un personaje entonces
más relevante para Beethoven: Wolfgang
von Goethe.
Fatídico, porque el compositor admiraba
al poeta (a la par que a Homero, Ossian y Schiller)
y este primer acercamiento resultó un
fracaso. El genial poeta de las amplias túnicas
y capelinas lo consideraba “demasiado
salvaje y violento”.
Beethoven relata el famoso paseo de aquel verano,
útil para contraponer la dignidad del
consejero áulico y la arrogancia del
orgulloso republicano: “Los reyes y los
príncipes pueden inventar también
a profesores y consejeros secretos, pueden atiborrarlos
de títulos y condecoraciones, pero no
pueden crear a los grandes hombres, esos espíritus
que consiguen elevarse sobre el estiércol
del mundo (...) y cuando existen dos hombres
como Goethe y yo, esos señores no pueden
cuando menos que sentir nuestra grandeza. Ayer,
mientras volvíamos, nos encontramos con
la familia imperial: la vimos a lo lejos, a
lo que Goethe se apartó de mi brazo para
ponerse humildemente a un lado. Lo intenté
todo, pero no conseguí que avanzara un
paso más. Entonces, bajé el ala
del sombrero, me abotoné la chaqueta
y, con los brazos a la espalda, me planté
en la mitad de la calle, entre algunos grupos
de transeúntes. Príncipes y cortesanos
formaban setos a los lados. Apenas me vio, el
archiduque Rodolfo se quitó el sombrero
mientras la emperatriz me saludó. Los
grandes, como se puede ver, me conocen bastante
bien. Con diversión vi cómo el
cortejo desfilaba delante de Goethe, el cual
permanecía en el borde de la calle plegado
en una profunda inclinación, con el sombrero
en la mano. Luego le recriminé ásperamente,
sin omitir nada de cuanto le ocurría”
• Pero su médico (por seria y crónica
indigestión) le ordenó cancelar
todo compromiso y descansar en Karlsbad.
En el camino, durante un cambio de caballos,
se encontró con un postillón (un
correo) cuyo dominio de esa trompa rudimentaria
le impresionó de tal manera, que tomó
nota en su famosa libreta de apuntes de un pasaje
inventado por el postillón, a quien le
hizo copiar dicho pasaje -porque Beethoven no
lo escuchaba-. ¿Cómo lo había
impresionado?. Según cuenta Beethoven
a Schindler, por sus gestos, por su “manera
de moverse con tal expresión”.(?).
Sobre el apunte el maestro acotó «Postillon
von Karlsbad».
Al día siguiente, bocetaba la Octava
sinfonía. (En el segundo tema del tercer
movimiento aparece transformado aquel pasaje
del postillón).
Otro doctor le aconseja pasar a Franzensbad,
cerca de allí. Primera quincena de agosto.
Bien: cumplido el mandato médico, y viendo
que su salud no mejoraba con los cambios, volvió
a Teplitz, donde halló los poemas de
Alois Jeitteles (que resultarán en 1815-16
en el op. 98, el ciclo de lieder A la amiga
lejana) y -¡oh casualidad!- se reencontró
con su querida amiga del verano anterior, Amalie
Sebald. Empezó a cortejarla nuevamente,
pero la relación no cristalizó:
ella se casó con un rico juez prusiano.
• La Octava continuaba su periplo. Pasó
a Linz, en el Danubio. Largo viaje. Su objetivo
era poner fin a la «unión irregular»
de su hermano Johann con Therese Obermeyer,
aquien Beethoven se refería despectivamente
con el epíteto de «Reina de la
noche». Ocupó la agradable habitación
de la casa de su hermano. El panorama era el
Danubio. Entre éste y las alturas del
Postlingsberg baía un extenso campo para
los paseos tan necesarios para su salud como
para elaborar la sinfonía. Al mismo tiempo,
encaró una singular gestión y
el alboroto fue enorme. Todo Linz se conmocionó.
Beethoven imperturbable: él no lo escuchaba.
“Yo no me preocupo por el ruido que se
ha causado...” (carta a Goethe). Pidió
la ayuda del obispo, movilizó a los magistrados
y logró que la policía contase
con autorización para expulsar de la
ciudad a la «Reina de la Noche».
La Octava avanzaba rebozando buen humor, luz
y carácter. Raro en su método
habitual: sólo poco más de cuatro
meses de trabajo. Y la concluyó después
de varias redacciones diferentes para cada movimiento
que giran alrededor de los bocetos originarios
(en el acápite de la portada se lee «Sinfonía
- Linz - im Monat Octobre 1812». Johann
venció a su furibundo hermano casándose
con Therese el 8 de noviembre.
• Es una anticipación del neoclasicismo
del siglo XX: mientras el último movimiento
asoma como una recreación del final de
la Séptima -contemporánea de esta
Sinfonía op. 93-, los tres primeros movimientos
son una revisión del pasado inmediato
de Beethoven.
Él indica [ a Schindler ] que tal o
cual fragmento debe “sonar a la Mozart”,
“sonar a la Haydn”, etc. Pero inmediatamente
después de oírse ese fragmento
“a la Mozart”, o “a la Haydn”,
se escucha el mismo “a la Beethoven”.
Es más: este “revisionismo”
transformador llega a un extremo tal que vuelve
al “Menuetto” como tercer movimiento,
aquél que el propio Beethoven había
suprimido de la sinfonía sustituyéndolo
por el “Scherzo”. Es decir, aplica
toda la ironía de su lenguaje. Y es una
broma de la broma, un juego sobre otro juego.
¿Recorrermos el track 7 de la interpretación
dirigida por Karajan -grabación de 1963-?:
0’00" Tema A
2’51" Tema B o «Trío»
(originado en el pasaje del postillón
de Karlsbad)
4’25" Tema A
Y el juego retorna en el cuarto movimiento.
Audacia armónica. Regresan los giros
obsesivos del finale de la Séptima. Ritmo
frenético, excitante. Desemboca, poco
antes de la coda, en los cinco golpes del do
sostenido. Fortísimo, simultáneamente,
sólo do sostenido en maderas y cuerdas.
Se aprecia a los 5’12" del track
8. Do sostenido que ha hecho derramar ríos
de tinta.
• Otra prueba -tanto del humor como del
«espíritu neoclásico»-,
está directamente asentada en el comienzo
mismo del segundo movimiento. El motivo lo extrajo
de un canon que -también en 1812- había
escrito en una cena, en forma improvisada, para
que los comensales lo cantaran: estaban celebrando
el cumpleaños de Johann Nepomuk Maelzel,
el mecánico de la corte que entre otras
curiosidades (jugador mecánico de ajedrez
Kempelen, Trompetero mecánico, Panharmonicon
u orquesta mecánica), fue el inventor
del metrónomo.
Escuchemos -en el track 6- estas notas del
comienzo, con las que Beethoven armó
el canon y compuso el segundo movimiento: “Ta
- ta - ta - ta - ta - ta - ta - ta - lie - ber,
lie - ber Maelzel” (amado, amado Maelzel).
Desde 0’00" hasta 1’10".
Sobre el ostinato de los vientos (en pares:
oboes, clarinetes, fagotes y cornos) y pizzicatti
de Violines II y violas, cantan los Violines
I. Todo en staccato (destacado, separado).
“Fue en la Cervecería del Camello”
-recuerda Beethoven en los cuadernos de conversación
con Schindler- “Maelzel cantó la
parte del bajo y yo la de soprano”.
Como luego se enfrentó hasta legalmente
con Maelzel por los derechos de autor de la
Batalla de Wellington, ese canon nunca llegó
a escribirlo seriamente, aunque se conserva
como WoO 162, es decir, “obra sin opus”
(Werke ohne Opus) número 162. Pero sí,
por suerte, se convirtió en uno de los
puntos característicos de la Octava sinfonía.
• Suprimió una introducción
lenta al primer movimiento y agregó los
34 compases que forman la coda en el final,
después del estreno en la Redoutensaal
de Viena el 27 de febrero de 1814. Enojado porque
el público se inclinó por la Séptima
en la misma función, gritó “¡Ya
les gustará la pequeña sinfonía!”.
Kleine Sinfonie.
Y así la apodó para diferenciarla
de la Grande (la Séptima) cuando escribe
en junio de 1815 a Johann Peter Salomon -antiguo
empresario de Haydn en Londres-, aunque la publicara
finalmente la Casa Steiner de Viena en 1817.
¿Kleine Sinfonie?. Errado. Por lo demás,
aunque aparentemente simple, la Octava es una
obra realmente compleja. Contra sus detractores,
se convirtió en la octava maravilla del
mundo beethoveniano. (Un mundo en el que los
contrastes son permanentes, vbg. Séptima-Octava).
En fin: citando, la Kleine es «teatro
de la inteligencia, el humorismo y la voluntad
liberadora».
El rey soy yo
Y llegamos a la cumbre del sinfonismo beethoveniano:
la Novena Sinfonía, publicada como opus
125 por la Casa Schott de Maguncia en 1826,
una obra que se continúa, como el compositor
explica [ a Schindler ], en la Missa solemnis
editada como opus 123 por la misma casa en 1825.
Es más: planificó presentarlas
juntas tanto en Berlín como en Viena,
pero las autoridades eclesiásticas intervino,
contraria a la ejecución en teatro de
música sacra. Finalmente logró
este orden para la función del 7 de mayo
de 1824 en el Kärntnertortheater: obertura
de La consagración de la casa, Kyrie,
Credo y Agnus Dei de la Missa y Novena Sinfonía.
• Después del estreno de la Octava,
en 1814, Beethoven continuó trabajando
en una multiplicidad de obras. Algunas resultaron
compuestas simultáneamente. Pero sólo
hacia fines de 1821 retomó los bocetos
que programara en 1815 para una sinfonía
en torno a la “Oda a la alegría”
de Schiller, concepción que a su vez
se remonta a 1799. Es decir que Beethoven estuvo
unido a la Novena sinfonía por más
de 26 años. Aunque se sabe que en 1793
es Charlotte Schiller, la hija del autor de
la Oda a la alegría (1785) quien le entrega
una copia al compositor de 15 años. “Este
talentoso joven ha osado ponerle música
a la Oda de Schiller...”, indica la carta
de recomendación que el conde Ferdinand
von Waldstein -dedicatario de la Sonata op.
53- le entrega en Bonn para llevar a Viena.
Esa “música” ya tiene textual
el tema central del final de la Novena. Pero
en la gran ciudad se entera que el texto libertario
de Schiller está censurado. Así
en 1795 nace el lied Amor recíproco -catalogado
como WoO 118- sobre versos de August Bürger.
Canto y piano ostentan claramente el motivo
de la futura Oda a la alegría -que antes
transitará en la Fantasía «Coral»
para piano, coro y orquesta op. 80 (1808, poema
de Christian Kuffner).
• Si bien nunca dejó de repasar,
modificar y ampliar esos bocetos, fue a partir
de 1822 que la partitura tomó forma como
sinfonía y quedó concluída
en 1824, para estrenarse al año siguiente.
Una carta de su amigo y discípulo Ferdinand
Ries, radicado en Inglaterra, fue el detonante
para dedicarse de lleno a la Novena. Esta carta
respondía a una pregunta de Beethoven:
“¿Qué podía ofrecerle
la Sociedad Filarmónica de Londres por
una sinfonía?”. Ries le transmitió
una propuesta de la Sociedad: le abonarían
de inmediato 50 libras por el manuscrito que
debería entregarse en el mes de marzo
de 1823, pasando a ser de exclusiva propiedad
de la Sociedad durante dieciocho meses, y luego,
se devolvería al compositor. Beethoven
aceptó, pero la partitura sólo
se escuchó en Londres en marzo de 1825,
después del estreno en Viena en 1824.
¿Qué había ocurrido?.
El director designado por la Sociedad Filarmónica,
Sir George Smart no se atrevió a enfrentar
las tremendas dificultades de la partitura.
Incluso viajó a Viena especialmente para
que Beethoven le explicara ciertos pasajes y
las cuestiones del tempo. Después de
almorzar, Smart le pidió a Beethoven
que tocara en el piano los fragmentos del último
movimiento. Beethoven no se dirigió hacia
el piano. Se quedó en la mesa. Y allí
mismo le escribió un canon en el que
-como en todo canon- se superponían los
pasajes que le había solicitado Smart.
Antes de firmarlo, Beethoven aclaró:
“Este canon le explicará lo mismo
que está en la partitura de mi Sinfonía”.
(Muchos direcotres hoy debieran proceder de
igual manera que Smart: consultarle o desistir).
Mientras tanto Beethoven seguía buscando
quien adquiriese la obra. Por eso -y siguiendo
la costumbre habitual desde los tiempos de Mozart-,
se decidió por dedicarla al rey de Prusia,
Federico Guillermo III, quien después
de un largo y complicado trámite burocrático
autorizó la dedicatoria prometiendo dinero
y una piedra preciosa. Beethoven gastó
todos sus ahorros en una edición de lujo,
con tapas de cuero y el mejor papel. Cuando
un delegado real trajo el esperado pago, resultó
ser solamente un pequeño zafiro y una
nota de reconocimiento. Beethoven, furioso,
devolvió la nota a través del
mismo delegado, escribiendo debajo de la firma
del rey: “El rey soy yo”.
Evidentemente, y como ocurre casi siempre,
las autoridades -especialmente en lo que a cultura
se refiere- no estaban capacitadas para advertir
que la frase de Beethoven respondía a
una verdad.
Mucho menos podían percatarse que estaban
frente a una obra maestra.
• Infinidad de aportes justifican este
calificativo.
Por citar sólo
dos: el ciclo y el hipersinfonismo.
El hipersinfonismo -que luego desarrollarán
Wagner, Bruckner, Mahler, Strauss, Shostakovich,
etc.- aparece con el empleo de enormes masas
sonoras. Por primera vez en la historia de la
sinfonía, a la orquesta, se suma un coro
y un cuarteto vocal. Mejor dicho, la voz se
integra con sus pares, con los instrumentos.
No es un agregado. Por eso en el escenario (y
desde el comienzo y sin intervalos) detrás
de la orquesta debe ubicarse el coro y entre
ellos el cuarteto. Por esta misma razón,
el cuarteto vocal es más que un grupo
de cuatro solistas. Salvo cuando se trata del
solo del barítono y del solo de tenor,
están tratados como quartetto. En el
quartetto ninguna de las voces debe “sobresalir”.
No deben destacarse del conjunto. Deben cantar
como si se tratara de un cuarteto de cuerdas,
un único orgánico: los cuatro
fusionados pero no confundidos. Hay un momento
(11 compases en un súbito Poco adagio,
la última intervención del quartetto)
antes de la sección final Prestissimo
-que escuchamos entre 15' 04" y 15' 54"
del Track 5 del CD en la interpretación
dirigida por Karajan, grabación de 1963-,
en el cual las voces aparecen en relieve solista
y por turnos: salen y vuelven desde y hacia
el cuarteto para culminar reuniéndose
en un acorde que les exige mimetizar sus timbres.
El cuarteto debe: estar de pie desde el comienzo
del cuarto movimiento, equilibrarse perfectamente
y recomendarse al Altisimo (o como más
abajo sugiere Beethoven: Silentium ).
A la formación similar a la Quinta,
-con 2 flautas, 1 flautín, 2 oboes, 2
clarinetes, 2 fagotes, 1 contrafagot, 2 trompetas,
timbales y cuerdas-, la orquesta incorpora 3
trombones y, por primera vez en una sinfonía,
emplea cuatro cornos, triángulo, platillos
y bombo.
Uno de los tantos peligros que presenta radica
en que el hipersinfonismo cree un efecto de
desborde, o por el contrario, de insuficiencia
cuando las cantidades no son las adecuadas.
Muchas veces se pierde el control de ese recurso
hipersinfónico.
• El otro aporte que citamos es el ciclo.
Es decir, se trata de una sinfonía cíclica,
en la cual los motivos y la curva dramática
de los tres primeros movimientos, desembocan
y se resuelven en el último, la Oda a
la Alegría.
Los tres movimientos, el “Allegro”,
el “Scherzo” y el “Adagio”,
van progresando -en un trayecto conocido como
prótasis- hacia un punto de inflexión,
que está en el centro del “Adagio”,
el momento decisivo. En ese punto está
lo que en teatro se llama “acmé”,
el instante en que la situación llega
a su grado límite. Desde ese “acmé”,
comienza el tramo de la apódosis: va
descendiendo y descomprimiendo poco a poco,
pasando por lo que resta del “Adagio”,
por el cuarto movimiento, el “Presto”
(Presto ¡no detergente!), y cayendo naturalmente
en el clímax, que es la Oda.
Esta progresión se sintetiza en el último
movimiento. Después de la introducción,
se van intercalando los motivos y las atmósferas
de los tres primeros movimientos. (Insistimos:
esta unidad no se debe interrumpir para que
ingrese el coro y el cuarteto. Las toses contribuirán
a quebrar la unidad de la Magna Obra).
Le recordamos ese momento del cuarto movimiento,
la introducción:
§: Track 4: de 0' 00" a 3' 00".
Bien. Ahora, comparemos cada fragmento de esta
introducción en que se alternan los motivos
de los tres primeros movimientos, con cada uno
de esos motivos.
§: Track 4: 0' 34" a 0' 57":
Aquí está el primer fragmento
de la introducción con el recitado de
las cuerdas graves -representando a los hombres-
interrumpido por el recuerdo del motivo del
primer movimiento. Y luego, apreciamos el fragmento
del primer movimiento con el mismo motivo y
la misma atmósfera:
§: Track 1: 0' 00" a 0' 23"
El segundo fragmento de la introducción
contiene el retorno del recitado nuevamente
interrumpido, pero ahora por el motivo del segundo
movimiento, el “Scherzo”.
§: Track 4: 0' 57" a 1' 24"
Después oímos el comienzo del
“Scherzo”, donde está ese
motivo, ágil e irónico:
§: Track 2: 0' 04" a 0' 37"
Y finalmente, la introducción concluye
en un diálogo entre el recitado de los
hombres y el motivo del “Adagio”.
§: Track 4: 1' 25" a 2' 30"
Escuchemos el pasaje respectivo del “Adagio”:
§: Track 3: 0' 15" a 0' 48"....
Ese diálogo entre el recitado grave
de los hombres y el motivo del “Adagio”
lleva a una transformación del carácter
de los hombres, transformación obligada
por el motivo del “Adagio”, el motivo
que los conduce a ingresar en la «alegría
de la hermandad, la elevación el espíritu
y la exaltación al Creador», coincidiendo
perfecta, teatralmente, con el contenido y el
transcurso de la Oda a la Alegría de
Friedrich von Schiller con la primera estrofa
escrita por el propio Beethoven.
§: Track 4: 5' 04" a 5' 42" y
sigue la aceleración fatal. De pronto,
en 6' 07" ¡ el Adagio”!. Y
en 6' 19", Presto precipitación
a la gran tarea. Recitativo. Masa sinfónico-coral,
quartetto. Con impulso. Todo ascenderá
a la primera cima: el coro y la orquesta, firmes
y poderosos, durante 10 segundos (entre 3' 20"
y 3' 29") pronunciarán a Dios, elevándose:
Gott !.
• “Pierdo todas las ganas de componer
más música si la van a tocar de
esa manera”. Esto dijo Beethoven en 1805,
lo repitió en 1825 y lo seguiría
diciendo hoy si se enfrentara a algunas de las
versiones (no interpretaciones) especialmente
las antiguas (década del ’50: vbg
la del Festival de Bayreuth,1951 o la del Carnegie
Hall, 1952) realizadas ad libitum de famosos
directores. Pero por suerte Beethoven no tenía
ni victrola para los discos de pasta ni tocadiscos
para los de vinilo.
Hasta el cansancio corrigió y supervisó
las indicaciones en las ediciones de sus partituras.
Incluso, siete días antes de morir, en
1827, dictó una carta dirigida a Ignaz
Moscheles en la que detallaba la marcación
metronómica para que la Sociedad Filarmónica
de Londres interpretara correctamente su Novena
sinfonía.
Así, no puede haber imprecisiones en
la cuestión rítmica. Nadie debe
modificarla, porque la partitura es de Beethoven,
no del director que tenga el privilegio de conducirla.
Para el primer movimiento, el “Allegro”,
tiene indicado como tempo “Allegro ma
non troppo”, y debe seguir la marcación
de “Negra igual a 88”. Significa
que el péndulo del metrónomo debe
oscilar y «marcar» 88 veces por
minuto.
Para el segundo movimiento, el “Scherzo”,
tiene indicado como tempo “Molto vivace”.
El metrónomo es “Blanca con puntillo
igual a 116”. O sea, 116 veces por minuto.
Para el tercer movimiento, el “Adagio”,
-epígono de la Novena Sinfonía-,
tiene indicado como tempo “Adagio molto
e cantabile”. Utiliza “Negra igual
60”, es decir, 60 veces por minuto. Pero
luego, este “Adagio” cambia de tempo
y se convierte en un “Andante moderato”,
para el que Beethoven indica “Negra igual
a 63”. ¿Lo ve?. Ha “acelerado”
un poco el “tempo”.
El último movimiento, rápido,
muy r´pido, rapidísimo, potente,
expresivo, y claro, cambia trece veces de tempo:
“Presto”, “Allegro ma non
troppo” (intercalando “Poco adagio”
y “Adagio cantabile”), “Allegro
assai”, “Presto”, “Allegro
assai”, “Allegro assai vivace: Alla
marcia”, “Andante maestoso”,
“Adagio ma non troppo, ma devoto”,
“Allegro energico sempre ben marcato”,
“Allegro ma non tanto” (intercalando
un breve “Poco adagio”), “Prestissimo”,
“Maestoso” y “Prestissimo”.
Variando la unidad (blanca, negra, negra con
puntillo) el metrónomo parece enloquecer
junto al director: 96, 88, 80, 96, 80, 84, 72,
60, 84, 120, 132, 60 y 132.
• Mucho se habla en torno al estreno
de la esta sinfonía, en el Teatro Kärnthnerthor
de Viena, y después de sólo ¡dos
ensayos!... (un antiguo problema...)
A ese dia, el 7 de mayo de 1824, Beethoven
lo llamaba “Fracktag”, “Día
de frac”, porque los amigos insistieron
en que se vistiera de una manera más
elegante que lo habitual. Prácticamente
lo obligaron a colocarse un frac. Pero no pudieron
doblegarlo en la elección de los colores:
verde (verde, bien verde) acompañado
de sombrero tricornio rojo.
Asi ataviado, se sentó de espaldas al
público, al lado del director, Ignaz
Umlauf, para ir indicándole los tempos
en cada movimiento. (Ignaz Schuppanzig, el violinista
amigo del compositor, que estrenara sus Cuartetos,
asistía al director y había advertido
a los músicos y coreutas que no prestaran
atención a los gestos del autor).
Antes debió agradecer con una inclinación
una catarata de aplausos: inusual. Aquí
también demostró que el rey era
él: lo habitual era que cuando entraba
el rey, se aplaudiera cuatro veces, es decir
en cuatro tandas de aplausos. A Beethoven lo
aplaudieron con cinco tandas.
Pese a estar en el medio de la corriente sonora,
Beethoven no escuchaba nada. Hacía muchos
años que estaba totalmente sordo. Sabiendo
esto, y ya que él se había negado
a modificar la parte de los cantantes que reclamaban
por la complejidad de sus partituras, durante
el concierto suprimían las notas agudas
(!).
Y cuando concluyó, él seguía
marcando el “tempo” sin advertir
que el público lo aclamaba. La contralto,
Maria Ungher, le hizo una seña para que
se diera vuelta y se adelantara al proscenio.
Inclinándose, Beethoven y el público
se saludaron emocionadamente. (“Fue una
explosión de increíble felicidad
que le duró mucho tiempo”). Agitaban
sombreros y pañuelos mientras el director
del teatro saltaba feliz por la recaudación.
Beethoven recibió un miserable puñado
de florines. Otra vez nada. Y la excusa de siempre:
“¡Ud. tiene los aplausos, la fama!”.
La repetición del concierto también
fue fracaso económico: otro de los clásicos
fiascos del público. Prefirió
aprovechar la soleada mañana de ese domingo.
• A los pocos días, Beethoven
contestaba una carta del conde Moritz Lichnowsky
(hermano del príncipe Carl), en la que
le preguntaba cómo se sentía luego
de un éxito tan clamoroso.
En su breve respuesta, Beethoven concluye:
“¿Quiere saber cómo estoy?”
y escribió:
Adagio
MI - DO - DO - SI - DO - LA
Al - lein, allein, al - lein. Silentium !!!
(Solo, solo, solo. Silencio) |