Una forma de expresión musical en la
que la voz humana desempeña el papel
principal y tiene encomendado un texto. Eso
es: encomendado. Toda una responsabilidad, pues
debe asimilarlo, comprenderlo y proyectarlo.
Resaltando lo de voz humana, con lo enorme que
ello implica, partiendo del elemento mínimo,
la emoción.
Se trata de la canción, que genéricamente,
puede involucrar cualquier música que
se cante, que se trace con la voz.
Más específicamente, una composición
vocal breve, sencilla, que consta de una melodía
en relación con versos. Tema, estribillo,
tema, estribillo...
Así lo advertimos primeramente en las
piezas de García (que en algunas de ellas
se ampara en una mayor libertad formal al titularlas
caprichos líricos, fantasías con
predominio de ornamentos).
García. Sevillano de 1775, bautizado
Manuel del Pópolo Vicente, se hizo célebre
tenor antes de cumplir 20 años. Del éxito
en el Théâtre Italien de París,
pasó a cantor de cámara de la
corte de Nápoles nombrado por Murat.
Giras por Londres y Nueva York. Cometió
la torpeza de llevar consigo en baúles
la gran fortuna que había amasado (precisamente
era también un experto en cocina) hasta
que en la carretera mejicana de Veracruz fue
asaltado. Pobre, regresó a París
(donde morirá en 1832) y se convirtió
en uno de los más cotizados maestros
de canto (comenzando por sus hijos: Manuel -barítono,
inventor del laringoscopio- Pauline Viardot
-contralto, pianista, compositora, lingüista,
amante de Turgeniev- y María Malibrán,
mezzosoprano, famosa, atractiva y rica que murió
a los 28 años). Idolo del público
madrileño, compuso 18 óperas españolas,
21 italianas y 8 francesas (citemos No hay guarda
para el amor, Romeo, Tancredo, La cenerentola),
ballets, la cantata Endimion, y canciones: Yo
que soy un contrabandista fue convertida en
obra de bravura pianística por Liszt
(1837, 26 años) como Rondó sobre
El contrabandista S. [catálogo Searle]
272, una impresionante paráfrasis dedicada
a George Sand.
La música de una canción se relaciona
con su texto en términos de forma, sonido
y significado. En Carlos Guastavino (1912-2000)
cada uno de estos elementos se retroalimentan.
La forma (o estructura) en general está
en función de cómo se manifieste
en la música el esquema global del poema.
Casi siempre, éste suele ser de extensión
breve y uniforme, con modelos de rima. Resultan
así dos formatos: el estrófico
(la música es similar en cada estrofa,
a manera de unidades, vbg. en la cueca Mi villa
de Chapanay) y el transcompuesto (sin repeticiones
internas, aunque mantiene un motivo principal
que va evolucionando, tal el caso de la canción
sureña Hermano). Se divide en dos secciones
simétricas (¿un ejemplo?. La zamba
Abismo de sed: introducción, una vuelta
de un minuto y medio; clara pausa en el centro;
introducción y segunda vuelta de un minuto
y medio; y retorna la introducción a
modo de coda, de episodio final).
La música reposa esencialmente en la
melodía, enmarcada por la armonía
que crea el "escenario", la atmósfera,
el carácter. Aquí es fundamental
el intérprete: debe recrear, actuar con
la voz. Inevitable admirar esto en La rosa y
el sauce.
Rodeado de frascos que señalaban sus
estudios de ingeniería química,
en el modesto departamento de Belgrano, donde
vivía retirado del mundo escribiendo
entre las 4 y las 11 de la mañana, sensible,
Guastavino contaba: "Cuando leo una poesía
que me llega, me conmociono mucho; se contorsiona
todo mi cuerpo, vibro totalmente, aparecen lágrimas
en mis ojos... ¡es muy fuerte!. Entonces
tomo un papel pentagramado y escribo las notas.
La melodía surge fácilmente, cifro
los bajos. Todo es muy rápido, no puedo
detenerme.... es como si estuviera poseído.
De pronto, cuando me doy cuenta de que encontré
lo que quería, me pongo de pie, hago
gestos, camino, doy vueltas, río o lloro
y doy gracias a Dios. La música sale
sola, y no soy responsable: una parte de mi
cerebro tiene música".
La canción refleja, resalta o manifiesta
el significado del texto por medio del modo,
el tempo, la dinámica, la pintura sonora,
ciertos grupos de símbolos musicales
del estilo o personales, y analogías
musicales de los efectos emocionales. Desde
lo intimista a lo exaltado.
Otro de los genios catalanes, Enrique Granados,
lo expone en el mismo comienzo del ciclo La
maja dolorosa. Campanas fúnebres (La
Parca) surgen del piano y se eleva el lamento,
fuerte y patético en la voz: «¡Oh,
muerte cruel! ¿Por qué tú,
a traición mi majo arrebataste a mi pasión?.
No quiero...». Y entonces la voz se transforma,
adquiere una inflexión tierna y resignada,
en cuatro frases de cuatro notas, una por cada
sílaba: «... vivir sin él
/ porque-es morir / porque-es morir / así
vivir...». Cadencia semejante a la que
impregna El amor y la muerte (en el centro de
la pieza las cuatro notas y en el final las
campanas) perteneciente al cercano ciclo para
piano Goyescas (1909).
El "majismo", ese fenómeno
de casticismo popular con personajes, lenguaje
e indumentaria particulares, que se elevó
desde los tipos de calles y plazas hasta las
clases aristocráticas, fue inmortalizado
por el sainete (Ramón de la Cruz), por
la pintura (Francisco Goya y Lucientes) y por
la música (Granados: "Me gustaría
dar en mi obra una nota personal, una mezcla
de amargura y gracia.... Combinar las notas
de sentimiento, amoroso y apasionado, dramático
y trágico, como en Goya").
Con aparente sesgo de improvisación,
las tres canciones (trágicas) de la maja
encuentran su contraplano en las tres (pícaras)
del majo, todas versiones poéticas de
Fernando Periquet reunidas como Tonadillas (reminiscencia
de las tonadillas escénicas del siglo
XVIII) y en definitiva alusiones al Madrid goyesco.
Proyección tanto en el Scherzetto de
su Trío para piano, violín y violonchelo,
en la Sonata para violín y piano, la
zarzuela Picarol, como en su ópera Goyescas,
estrenada con producción del empresario
Gatti-Casazza (por intervención del pianista
Ernest Schelling) con cinco representaciones
en Nueva York en enero de 1916. Una invitación
del presidente Wilson cambió los planes
y la ruta del viaje de regreso. Llegaron a Inglaterra
y después de unos días en Londres
se embarcaron en el Sussex hacia Francia. Fue
torpedeado por un submarino alemán el
24 de marzo. Según un testigo, Granados
(49 años) ya estaba a salvo en uno de
los botes, pero vio a Amparo en el agua. Sin
dudarlo, se lanzó al mar y murió
junto a su esposa. El Sussex, muy dañado,
pudo arribar a puerto.
Hombre refinado, elegante, dotado también
para el dibujo y la pintura, prefería
ser considerado -antes que pianista y compositor-,
un artista.
Por supuesto que la canción tiene su
ubicación en la música escénica
adoptando muchas veces una función decisiva
en el desarrollo argumental. Recordemos ejemplos:
en la música incidental (la canción
de Solveig en Peer Gynt de Grieg), en la comedia
musical (la canción de Eliza en My fair
lady de Loewe), en la opereta (la canción
de Vilja en La viuda alegre de Lehár),
en la ópera («La donna è
mobile....», la canción del Duque
de Mantua en Rigoletto de Verdi), en la zarzuela
(la canción de Paloma de El Barberillo
de Lavapiés -1874- de Francisco Asenjo
Barbieri).
Con mayor relieve se presenta -también
un momento antes de la escena crucial- la canción
de la gitana en la zarzuela La chavala (la chica)
que el alicantino Ruperto Chapí (1851-1909)
dio a conocer en octubre de 1898 en el Teatro
Apolo de Madrid sobre libreto de José
López Silva y Carlos Fernández
Shaw. El pasaje sigue el formato transcompuesto
que antes indicamos: la música se va
modificando recorrida por un motivo principal
(un arabesco de cuatro notas). Concha, la chavala
(asimismo heroína porque protege los
amores de su amiga Pilar con su compañero
de infancia Andrés, de quien Concha está
enamorada), trata de explicar su origen dual
y finalmente denota sus sentimientos: «¡Quejidos
de angustia! ¡Rugidos de celos! ¡Y
arrullos de amor! ¡Ay mare, mi mare! ¡Mi
mare del alma!. Cantando tus coplas te siento
vivir. Gitana eres tú. Gitana nací.
¡Gusano del alma me llaman aquí!.
Soy un cacho del cielo andaluz con un rayo del
sol de Madrid. ¡Gitana nací!».
La chavala se centra en la etapa culminante
del estilo de Chapí (¡160 obras
escénicas!): desde su primera ópera
española Las Navas del Cortés
(escrita en Roma, 1874) siguieron tras siete
años en París, otras con reminiscencias
de la grand opéra, de la opéra-comique
y del bel canto, zarzuelas como La tempestad
(1882), La bruja (1887), Mujer y reina (1891),
el sainete lírico El rey que rabió
(1891); en tanto, aparece su sello contundente
en Las hijas del Zebedeo (1889) y en piezas
del género chico como Las bravías
(1896), La revoltosa (1897), El barquillero
(1900), El puñao de rosas (1902), La
venta de Don Quijote (1902), evolución
de una sólida técnica hallada
también en óperas (ej. Margarita
la tornera, 1909), música de cámara
(ej. tres cuartetos), sinfonías (ej.
Sinfonía en re, 1879), poemas sinfónicos
(como la "fantasía morisca"
La corte de Granada, 1873, o la "leyenda"
Los gnomos de la Alhambra, 1889). Reconocía:
"Mucho debo a Don Emilio Arrieta, del Real
Conservatorio de Madrid" (donde obtuvo
en 1872 el primer premio de composición
junto a Tomás Bretón) aunque pocos
cifraban esperanzas en aquel muchacho que en
su pueblo natal, Villena, tocaba flauta, corno
y otros instrumentos en la banda "Música
Nueva".
Un esquema en dos partes exhibe la canción
de La chulapona, zarzuela de Federico Moreno
Torroba (sobre libreto de Federico Romero y
Guillermo Fernández Shaw) que sigue la
línea trazada por La marchenera (1928)
y Luisa Fernanda (1932) y que alcanza desde
La mesonera de Tordesillas, Maravilla y La Caramba
hasta sus últimas producciones como La
Virgen de Mayo y El poeta. Después de
una introducción, llega la propuesta
cuando la chulapona (chulos, habitantes de los
barrios bajos de Madrid) entona briosa «Al
pasar por la calle...» y desde allí
se impulsa hasta el estribillo. La segunda sección
copia la propuesta «Al pasar por la plaza...»,
retorna el estribillo y coda.
1934: estreno de La chulapona; su autor fue
elegido miembro de número de la Real
Academia de Bellas Artes de San Fernando (extrañó
la incorporación de alguien "tan
joven" para la institución: 43 años).
Su discurso de ingreso, titulado "El casticismo
en la música", era una auténtica
declaración de principios: «Lo
castizo es lo tradicional depurado a través
del tiempo y de las generaciones, representando
una síntesis vigorosa que perdura, a
pesar de todas las vicisitudes, constituyendo
las firmes raíces de un tronco único...
Es algo semejante a lo que el musicólogo
francés Henri Collet denomina nacionalismo
popular, muy relacionado con el folclore y con
lo que pasa de una generación a otra,
similar a lo que Felipe Pedrell llamó
música natural. El casticismo recoge
la esencia del siglo XVIII, época en
que fandangos, seguidillas y pasacalles sonaban
en los bailes del pueblo y en los salones de
la nobleza". También prueban esta
afirmación sus obras instrumentales como
Suite andaluza, Zoraida, Cuadros castellanos,
Fandanguillo y Arada para guitarra, Concierto
de Málaga para guitarra y orquesta. Continuaba
Moreno Torroba (1891-1982): "Se ha abusado
tanto de las palabras castizo y casticismo,
derivadas, por desviación inexplicable,
hacia un sentido degradado que casi es temeridad
emplearlas. No obstante, debemos esforzarnos
en que adquieran de nuevo su verdadero significado.
La tradición, que no es la historia escrita,
pues ésta depende del capricho, del punto
de vista y de otra multitud de circunstancias
que concurren en quien la redacte y en el momento
en que escriba; la tradición, repito,
es algo tan vivo, tan inmanente y sutil, que
su influjo permanece, y gobierna nuestros actos
sin que de ello nos demos cuenta". Y concluía:
"Por haberlo estudiado con todo el afán
de mi modestia y de mis cortos alcances, me
afirmo día tras día, cada vez
más sólidamente, en el camino
español, nacionalista, tradicionalista
y castizo que me he trazado para mi música".
Otra fórmula más elaborada de
la canción se encuentra en la romanza
(derivado de roman), una pieza lírica
-con remota procedencia de la antigua aria d'amore
de corte-. Es del tipo estrófico, con
coplillas y ritornellos. Las frases son más
amplias y el ritmo ligado, generalmente de diseño
ondulante -que la relaciona con la balada-.
El tema principal evoluciona hasta un punto
clímax y en arco, regresa hacia el primer
carácter.
Tal la romanza de Encarnación en la zarzuela
sobre libreto de José Tellaeche, El último
romántico (1928), uno de los cuatro éxitos
frutos de la colaboración entre Soutullo
y Vert La leyenda del beso (1924), Encarna,
la Misterio (1925) y La del Soto del Parral
(1927).
Juan Vert Carbonell, oriundo de Carcagente,
Valencia. Allí ingresó al conservatorio
para pasar al de Madrid. Como muchos otros compositores
de zarzuela, llegó al teatro como salida
profesional lógica en su tiempo y ambiente.
Su prematura muerte, a los 41 (1890-1931), frustró
el magnífico tándem que integraba
con Reveriano Soutullo que falleciera al año
siguiente, 1932, en un accidente automovilístico.
Natural de Puenteaéreas, Pontevedra,
había nacido en 1884 en medio de una
familia de músicos. Después de
dirigir el orfeón de Tuy, estudió
en el Conservatorio de Madrid, becado luego
para Alemania, Italia y Francia. Guitarras y
bandurrias (1920) fue su primer logro.
Manuel de Falla -también autor de una
zarzuela, Los amores de la Inés, 1902-,
comentó: "Mientras Vert trabajaba
la melodía, Soutullo la rodeaba de una
fina orquestación".
En las afueras de Madrid, alrededor de 1907.
Gran patio interior en el pobre barrio gitano,
al atardecer. Pepe, Maria Carmen y otros siguen
con sus menesteres: unos arreglan calderos,
otros alimentan a los burros, echan las cartas
y canturrean hasta dejarse arrastrar por el
ritmo de una tempestuosa danza canción,
la farruca (andaluza de origen zíngaro).
Por encargo de su mujer, Matías se acerca
y comienza a hacer preguntas. Tiene suerte.
El tío Zuro dice conocer a un pequeño
que trajeron y se está criando con ellos.
Lo llaman Jesús. Ezequiela hace comparecer
a las dos intrigantes, Marcelina e Irene. Repentinamente,
esta reclama a su hijo y se desenmascara ante
los demás. Bajo la férula de Ezequiela
se resuelven todas las desavenencias y malos
entendidos. Tan sólo Adrián, el
marido de Irene, siente desprecio y encono por
haber sido engañado todos estos años.
Ezequiela no dejará de buscarle solución
a este nuevo problema. Y ya se prepara para
ello.
Concluye el cuarto y último cuadro del
sainete lírico en un acto Alma de Dios,
del valenciano -oriundo de Sueca-, José
Serrano Simeón, sobre libreto de Carlos
Arniches y Enrique García Alvarez, estrenado
en diciembre de 1907 en el Teatro Cómico
de Madrid.
Nuevamente, la canción se ubicó
en una posición definitoria de la trama.
Este recurso lo adoptó Serrano (1873-1941)
al trabajar con el famoso Manuel Fernández
Caballero, que, casi ciego, le propuso colaborar
en la obra triunfal de su senectud, Gigantes
y Cabezudos (1898). Esto llevó a que
el binomio Joaquín y Serafín Alvarez
Quinteros le recomendó poner música
a un eficaz sainete, El motete (1900), prologándose
la asociación en La Reina Mora (1903)
y El mal de amores (1905). Luego con Arniches
lograron además La alegría del
batallón (1909) y El amigo Meliquíades
(1914). Con Moros y cristianos, El pollo Tejada,
El trust de los tenorios, La canción
del olvido y otras, Serrano adscribió
casi 50 obras al "género chico",
continuado en Los de Aragón (1927) y
Los claveles (1929). En sus últimos diez
años, escrupuloso, compuso varias partituras
escénicas, pero no consideró a
ninguna de ellas apta para ser representada,
después del discrepante gran éxito
de La Dolorosa (Madrid, 1930), un melodrama,
patético y verista -que incluso llegó
al cine, 1933, entre las primeras películas
habladas en castellano-.
"Género chico": las gráficas
piezas en un acto, basadas en temas y actividades
cotidianos y de los días de fiesta en
las regiones españolas, con expresiones
clásicas como el sainete lírico
y la tonadilla escénica.
Diferencia fundamental con la zarzuela o zarzuela
grande, que consta de varios actos, generalmente,
tres.
En ambos, chico o grande: argumento festivo
o satírico -ocasionalmente histórico
o trágico-, ambiente localista, que emplea
danzas populares (jota, tango, fandango, zapateado,
sevillanas, seguidillas, pasodoble, etc.) y
de salón (pasacalle, mazurka, polonesa,
polca y schotis o chotis -de origen escocés-,
etc.), pasajes orquestales (intermedios, serenatas),
coros y cantantes característicos (tenor
cómico, soprano tiple -antiguamente-,
cantores y cantaoras, etc.), números
e instrumentos folclóricos (gaitas, castañuelas,
tenoras, txistus, etc.), formato en escenas,
con preludio como apertura, con pasajes hablados
(recitativos no), ensambles (cuplés,
dúos, tríos, cuartetos, concertantes),
romanzas (arias no), y por supuesto, canciones.
El género chico se aplica a obras aparecidas
después de 1870, mientras la zarzuela
grande se recuperó hacia 1910-15 (por
influencia de la opereta vienesa, adaptando
varios de sus elementos).
Siglo XVI: la aversión de la Iglesia
trató de eliminar los espectáculos
escénicos con toda clase de limitaciones,
pretextando la supuesta índole inmoral
de las representaciones. Felipe II impone extrema
austeridad. Felipe III se interesó más
por las diversiones que por los sinsabores del
gobierno. Felipe IV (1621-1665) incrementó
esta tendencia. Se acostumbró a utilizar
un edificio construido en el paraje llamado
La Zarzuela, dentro del real sitio de El Prado,
para descanso tras sus partidas de caza. Mientras
se refrescaba, exigía que las secciones
musicales de los autos fuesen más extensas.
Los artistas comenzaron a reconocerlos como
fiestas de la Zarzuela. El lugar bautizó
la forma: allí abundaba la zarza, arbusto
rosáceo de tallos sarmentosos y con aguijones,
flores blancas o róseas, cuyo fruto es
la zarzamora.
La ópera napolitana -seria o bufa-, no
penetrará hasta 1750 (comenzando en Barcelona).
La situación económica de la corte
española no atraía a las compañías,
que preferían extenderse hacia el norte.
Las clases populares desarrollaron entonces
su propia versión de "ópera"
y hablada en lengua vernácula. Proceso
que dio lugar a la zarzuela en España,
del mismo modo que a la opéra-comique
en Francia, al singspiel en los países
germanos, a la ballad opera en Inglaterra y
otros símiles.
Las primeras llamadas zarzuelas datan de 1657
y se deben a Pedro Calderón de la Barca:
El golfo de las sirenas, égloga "piscícola"
en un acto; El laurel de Apolo, pastoral en
dos actos; La fiera, el rayo y la piedra; La
púrpura de la rosa, y mejor definida
con Celos aún del aire matan (1660),
música de Juan de Hidalgo. Seguido por
Sebastián Durón en Veneno es de
amor la envidia (1711) y desde 1708 por Antonio
de Literes en Azis y Galatea, El estrago en
la fineza y Los elementos. Y en el final del
barroco, 1743, llega el modelo básico
de zarzuela con el gran éxito de José
de Nebra, texto en dos actos de Antonio de Zamora:
Viento es la dicha del amor.
El crecimiento espectacular de esta forma esencial
de la música escénica demostró
que soplaron vientos dichosos.
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