Los estilos musicales (el barroco, el espantoso
rococó, el clasicismo, el romanticismo,
el impresionismo, el neoclasicismo, el neorromanticismo,
el modernismo, el expresionismo...) son precisamente
estilos cuando ostentan determinadas características
(ej.: la ornamentación, el eco, el retardo,
etc. para el barroco) que superan la prueba
del tiempo, el período histórico
en el que se desarrolló (siguiendo el
ej., el barroco se extiende aproximadamente
entre 1550 y 1750).
Pero -por suerte-, hay estilos que generaron
características más profundas,
signos que se repiten convirtiéndose
en símbolos. Esto se perfila especialmente
en el romanticismo (todo el siglo XIX). Recordemos
entre sus símbolos la fuerza y el patetismo,
Sturm und Drang, la llamada de la naturaleza,
las campanas. El impresionismo (un estilo clásico,
sutil, seguramente el más equilibrado,
el más complejo técnicamente,
tan difícil para interpretar, tan fácil
para apreciar y que además nos permite,
nos invita a participar del mundo interior de
la obra), heredó del romanticismo algunos
de estos símbolos (además de crear
los propios, claro). Por ser una reacción
(intelectual y estéticamente superior)
contra el romanticismo (con el que convivió:
deriva del último romanticismo francés
de fines del siglo XIX y se «institucionaliza»
con Preludio a la siesta de un fauno, de Debussy
-que, apariencias al márgen, no debe
faltar en ninguna discoteca de hogar decente-),
ofrece una lectura diferente de esos símbolos
románticos.
Tomemos (tañemos) las campanas. Por
supuesto no sólo se trata de campanas
verdaderas (de grey), campanas orquestales (tubulares)
y campanas por imitación (en el piano,
en el arpa, etc.).
Para el romanticismo, tres toques lentos y
graves, simbolizan la Parca, la Muerte (ej.
final de la Sinfonía fantástica,
Berlioz; final de Simone Boccanegra, Verdi);
varios toques serenos y medios, indican el momento
religioso (Parsifal, Wagner; El valle de Obermann,
Liszt); un toque repetido con pausa, la redención
(final de Una noche en el Montecalvo, Mussorgsky/Rimsky-Korsakov);
varios toques contínuos y agudos, significan
fiesta, celebración (IV acto de Carmen,
Bizet; Obertura 1812, Tchaikovsky, «Resurrección»
de la Sinfonía 2, Mahler).
Estas representaciones obvias, en el impresionismo
se vuelven sugerentes (pero comparten el recurso):
toques con pausa son el paso del tiempo, el
amanecer (La catedral sumergida, Debussy), el
crepúsculo (La fuente de Villa Medici
al atardecer, Respighi), la noche (Campanas
a través del follaje, de Imágenes,
Debussy); toques lejanos, suaves, son la distancia,
la melancolía, la nostalgia (El valle
de las campanas, de Espejos, Ravel); toques
contínuos, también son celebración
(La mañana de un día de fiesta,
de Iberia, Debussy). En fin, las campanas aparecen
enriqueciendo atmósferas y sensaciones,
evocando paisajes e imágenes.
En esa transición del romanticismo al
impresionismo, se conjugan elementos de las
escuelas germana y francesa (Liszt, Chabrier,
Fauré, Franck, Saint-Saëns, D’Indy,
Duparc, Chausson, Godard, Delius, Satie, Dukas,
Charpentier, Cilea, Giordano...).
Allí está el Poema de las campanas
de Alberto Williams (1862-1952)
Dedicada a su “querido alumno”,
Ernesto Drangosch (compositor, director y pianista,
1882-1925), está formada por tres cuadros
(es aventurado llamarlos bocetos o impresiones
o imágenes): “Campanas crepusculares”,
“Campanas al alba” y “Campanas
de fiesta en la aldea” (para el romántico
estarían unidos por el tiempo: anochece-amanece-día
de fiesta; para el impresionista serían
tres momentos. En esta interesante ambigüedad
transita el Poema de Williams).
La obra requiere un orgánico orquestal
importante: 3 flautas (1 como flautín),
2 oboes, corno inglés, 2 clarinetes,
clarinete bajo, 2 fagotes, contrafagot, 4 cornos,
3 trompetas, 3 trombones, tuba, timbales, platillos,
celesta, arpa, las cuerdas y obviamente, campanas
tubulares.
Las campanas -aquí verdadero instrumento
obbligato-, adoptan por momentos la significación
romántica y por momentos la significación
impresionista; pero en ambos casos son referencias
visuales.
Asi, en el primer cuadro, Campanas crepusculares,
domina una atmósfera nocturnal, con efectos
ligeramente impresionistas; la sección
media, presenta la textura del último
romanticismo: sobre figuras más breves
del resto de la orquesta, los cornos entonan
a pleno un canto amplio y espléndido.
Poco a poco, recuperando su serenidad inicial,
el cuadro sonoro se interna en la noche.
Es muy interesante el juego tímbrico
de arpa-campana-celesta-arpa que abre el segundo
cuadro (Campanas al alba) y se mantiene durante
la primera sección, breve, en tempo de
Andantino. Este primer motivo crece y se une
a una segunda sección, más animada.
En su desarrollo, se destaca la frase de los
dos fagotes unísono con los cellos, sobre
un diseño de los violines. Gran crescendo,
rápido diminuendo y pausa. Vuelve, abreviado,
el pasaje inicial: arpa-campana-celesta-arpa.
Las cuerdas y algunas maderas (flautas, clarinete
y fagotes) sostienen el acorde final, perdendosi.
(>> ¿será comprensible este
comentario?).
Una danza que Ud. conoce muy bien, inaugura
y es el centro de la fiesta en el pueblo, el
último cuadro, Campanas de fiesta en
la aldea)
Todos se suman a la danza, que es abruptamente
interrumpida por un lejando canto religioso
que anuncia la procesión que se acerca
y llega en el fortissimo. La “escena”
transcurre en dos planos: “aquí”,
en el pueblo, las parejas retoman poco a poco
los pasos: con brío, los violines impulsan
a la danza (gioioso: alegre, contento) hasta
el impetuoso final. Feliz principio del domingo
campestre.
Debe coincidirse con la carta de César
Franck, quien -en 1890, año de su muerte-
reconoció el “prometedor talento”
de su alumno Williams tras haber compuesto la
Primera Obertura de concierto. Allí en
Paris -gracias a la beca del gobierno de la
Provincia de Buenos Aires, 1882-, estudió
con Mathias (discípulo de Chopin), Bériot,
Durand, Godard y Guiraud. Volvió en 1893
y desplegó una intensa actividad, ofreciendo
conciertos y presentando sus obras (también
en Berlin, 1900; Paris, 1930; Medalla de Oro
en California). Fue el primero en componer música
argentina: 1890, con una prueba irrefutable,
El rancho abandonado. Su producción es
extensa: suites, canciones, corales, madrigales,
epigramas, miniaturas, odas, Danzas argentinas,
Canciones incaicas, Pampeanas, canciones escolares;
sonatas para piano y violin, piano y cello,
trío de piano, violin y cello, cientos
de piezas para piano; para orquesta: oberturas,
10 Sinfonías (en si menor, La bruja de
las montañas, La selva sagrada, El ataja-caminos,
El corazón de la muñeca, La muerte
del cometa, Eterno reposo, La esfinge, Los batracios,
Humorística); y 10 Poemas (Fueguino,
Antártico, de las Campanas, de la Quebrada,
de los Mares Australes, del Valle, de la Plaza,
de la Noche, de la Araña-pollo, de la
Selva Primaveral). Ninguna ópera; fundó
una editorial y escribió una teoría
musical olvidable (lamentablemente aún
vigente para algunos).
De las tres maneras que transitan por su lenguaje,
la más equilibrada corresponde a la de
influencia franco-germánica, por la ordenación
de los elementos y la sonoridad. Lo ilustra
este Poema de las Campanas.
Y después de escucharlo, Ud., como siempre,
volverá a extrañar la música
de Williams, presente en el otro primer mundo.
Liszt (harina en húngaro): pan y Pan
de la música.
¿Le habrá tocado sentarse en el
sector izquierdo de la platea?. Felicitaciones
si fue asi. Sentirse realizado. Sí, porque
todos deseamos ver y ser el solista cuando se
trata del piano. Dado que en este poderoso,
personal y autosuficiente instrumento los sonidos
se materializan como teclas, todos podemos tocar,
todos nos sentimos pianistas. Lo malo es que
algunos, en ciertas ocasiones, suben al escenario
(y resultan ser pianistos). Por Fortuna, el
piano, (tácitamente piano de cola; el
“vertical” no es un piano), es como
el papel: todo lo resiste. La de esta noche
es una de las mejores oportunidades, sueño
dorado delos solistas y de los pianistas de
platea: ¡un concierto de Franz Liszt (o
Liszt Ferenc, en el idioma natal que nunca habló)!.
Combinación perfecta de virtuosismo y
lenguaje.
Parece increíble que un compositor que
llevó el piano a su máxima expresión
como instrumento y como técnica, haya
demorado y dudado tanto para crear conciertos.
Causa: la preocupación central de Liszt
era la integración de la parte solista
con la orquestal, un planteo resuelto por el
último Mozart (recuerde sus Conciertos
21 a 27) y desarrollado por Beethoven (basta
pensar en el Concierto N/ 5, mal llamado Emperador).
Liszt temía no alcanzar estos modelos.
En la forma concierto se considera estéticamente
inferior una obra cuya parte orquestal sea precisamente
eso, “una parte”; y más grave
si su único rol es el de “acompañamiento”
(como sucede en los bellísimos conciertos
de Paganini, que caen en esta calificación
desvalorizante en lo que a integración
se refiere). Desde aquellos modelos, el solista
-tanto en la partitura como en la interpretación-
debe fusionarse y mimetizarse con la orquesta.
Los hechos demuestran esta preocupación
de Liszt: en la mayoría de su producción
(más de 1.300 obras), el maestro desarrolló
el sistema (beethoveniano) de bocetar meticulosamente
dos o tres partituras a la vez. Pero en el caso
de los dos -únicos- conciertos para piano,
dudó, discernió y demoró
excesivamente su composición (además
el N/ 1 lo dedicó a Henry Litolff, autor
de los célebres 5 Conciertos sinfónicos
para piano y orquesta, predecesor de Liszt respecto
del tratamiento solista-orquesta). Ambos conciertos
nacieron en Roma en 1839 partiendo de un apunte
de 1830 a 1832. Los revisó cuatro veces,
incluso después de estrenados (el N/
1, en 1855, con el autor al piano y Berlioz
en el podio; y el N/ 2, en 1857, con Bronsart
como solista y Liszt en la dirección).
Es decir: un mínimo de 18 años
de trabajo.
Acentuando su miedo (infundado) a no resolver
la integración de solista y orquesta,
encomendó a su alumno Joachim Raff (autor
de 9 sinfonías) para que revisara la
parte sinfónica. Con el tiempo (y el
impulso de su amigo y protegido Berlioz), llegó
a sus propias soluciones. El resultado está
en los dos conciertos, originales en su especie,
extraordinarios en su equilibrio, ejemplos en
su materia.
Coinciden con un postulado que prologa su ensayo
sobre Haroldo en Italia de Berlioz: “Jamás
existirá una obra de arte de calidad
desprovista de los atributos que son inseparables
del concepto de belleza. Pero si esos atributos
son de naturaleza particular, para reconocerlos,
nosotros debemos penetrar en lo íntimo
de la obra, conocer plenamente la cualidad de
su estilo, el carácter individual de
su autor y sus significados”. Esto demuestra
su postura de análisis y confrontación
ante una partitura que debe ser la del intérprete
que decida recrear una obra de Liszt. En verdad,
esta actitud es sistemática en toda su
actividad. Casi premonitoriamente dividió
su trayectoria en 5 períodos de 15 años
>> Nace en Dobor’ján (o Raiding),
Hungría, en 1811, el “año
del gran cometa” (émulo de Liszt).
1) Hasta 1826, estudia (con Czerny y Salieri,
patrocinado por el Príncipe Esterházy
-palacio donde su padre era intendente-; niño
prodigio, se presenta en Viena y recibe de Beethoven
el “beso de bautismo” de su carrera).
2) Hasta 1841, se dedica a los recitales (él
los inventa: lleva el piano a la arena del concierto
solista; de Londres a Turquía, de Rusia
a Paris; compite con los virtuosos como Thalberg
y Kalkbrenner; deslumbra auditorios y hace saltar
cuerdas -por eso utilizaba dos pianos enfrentados
por los teclados, listo para girar y continuar
en el de repuesto-; hace fortuna y auspicia
a 65 compositores; lo influyen sus amigos Chopin,
Hugo, Sand, Heine, Lamartine, Delacroix; afirma
sus convicciones progresistas: liberal, pro-revolución
de Julio, fiel a la doctrina utilitaria de Saint-Simon:
el destino del hombre en la Tierra es la producción
por medio del trabajo).
3) Hasta 1856 se desarrolla la “etapa
Weimar” (donde como Kapellmeister de la
corte, la convierte en el centro musical paralelo
a Paris; crea el Festival Beethoven, redescubre
a los clásicos como Bach y Schubert,
y presenta a los modernos como Wagner, Berlioz,
Schumann y Saint-Saëns; 400 transcripciones
de canciones, óperas y sinfonías;
abandona los recitales y enseña; promueve
a Brahms, Grieg, Smetana, Dvorak y otros; tiene
tres hijos con la novelista Daniel Stern, seudónimo
de la condesa Marie D’Agoult; luego, la
Princesa Caroline Saint-Wittgenstein y su castillo
de Altenburg).
4) Hasta 1871 viaja, compone (crea las formas
poema sinfónico, lied orquestal, metamorfosis,
reminiscencia, sonata cíclica; sus Rapsodias
confunden el pseudofolclore zíngaro diletante
con lo auténtico húngaro, como
demostraría su admirador Bartók;
completa la orquesta con todos sus grupos; surgen
Años de Peregrinaje, Sinfonías
Dante y Fausto, 4 Valses Mefisto, Estudios Paganini
y Trascendentales; toma las órdenes religiosas
menores; alterna entre Villa d’Este en
Roma, Budapest, Weimar y Paris; tiempo de Olga
Janina, la “condesa polaca” de 19
años).
Y
5), hasta 1886, vida religiosa y música
sacra (misas, oratorios Christus y Santa Isabel,
Cántico del Sol; obras para órgano;
modifica la técnica del coro; Pío
IX lo nombra abate y luego Canónigo de
Albano; ensayos sobre Hungría, Wagner,
Franz, Chopin y Field; tiempo de la princesa
rusa Olga Gorstchakow; fumando habanos, vistiendo
capelo y sotana, tournée del 75 aniversario
por Alemania, Francia e Inglaterra; en el verano
de ese año, 1886, muere de pulmonía
en Bayreuth; su hija Cósima, viuda de
Wagner, calculando la organización del
Festival, faltó al funeral).
Vida meteórica. Y sin embargo escribe:
“Vivo acosado por el espectro de la ociosa
inutilidad” (!).
Experimentador, siempre buscando nuevos caminos.
De carácter fáustico, música
y personalidad fueron una unidad indivisible.
Se advierte en sus obras, que van desde el virtuosismo
trascendente (Hexameron) hasta el discurso profundo
(Armonías poéticas), de la descripción
(Juegos de agua de la Villa d’Este) a
la abstracción (Sonata en si menor) -por
citar sólo ejemplos en piano-.
El Concierto N/ 1 resume casi todo esto. Pero
además presenta otra pauta lisztiana:
inventiva e innovación. Asi, la innovación
se da en la forma: se desdibuja el esquema clásico
de los tres movimientos; está dividido
en cuatro (los tres últimos unidos).
Y la inventiva, está en haber aplicado
a una obra concertante el sistema de la idée
fixe, la idea fija: un motivo de siete notas
-expuesto en el mismo comienzo-, un motivo que
todos hemos escuchado alguna vez, recorre la
partitura y ocasionalmente se transforma. Es
un motivo investido de una fuerza vital que
innervará toda la obra. La impulsa. Y
este concierto -enmascarado como rapsódico
y libre-, posee una unidad controlada por esa
idée fixe.
Atesore cada uno de sus instantes. Porque además
lo hará sentirse más pianista
que nunca.
¡Animo!.
Ya falta poco para terminar este supuesto comentario.
“Excesivamente rusa” -opinó
Rimsky-Korsakov.
A principios del siglo XIX, Voina era una pequeña
ciudad, en el distrito de Oryol (otrora principal
mercado de cereales y cáñamo de
la Rusia central, en la confluencia de los ríos
Oka y Orlik). Era la cuna (1818) del escritor
Ivan Sergeyevich Turgenev (“el hermoso
genio” según Henry James), cuya
principal novela, Padres e hijos (1862), se
convirtió en el retrato hasta entonces
más auténtico de la vida popular
rusa. Combatido, debió exiliarse cerca
de París hasta su muerte en 1883
Cuatro años después de la partida
de Turgenev, 1866, allí nacía
Vasily Sergeyevich Kalinnikov (o Kallinikov)
que sin saberlo intentaría objetivos
estéticos similares y sufriría
un viaje opuesto al del escritor.
Era hijo de un hogar extremadamente pobre.
El padre, oficial de policía, logró
internarlo como estudiante del seminario de
Oryol gracias a sus condiciones para integrar
el coro. Esto obviamente pudo mantenerse hasta
cumplir los 14. Sin embargo, estaba decidida
su carrera. Y sólo tres años más
tarde pudo continuar los estudios becado en
la Escuela de la Sociedad Filarmónica
de Moscú (fagot y violín; y composición
con Alexander Il’yinsky). Pero su familia
no resistió los gastos y Kalinnikov debió
trabajar tocando fagot, violin o timbales en
las orquestas de teatro, ayudado por la amistad,
las enseñanzas y la vivienda que le proporcionó
Simon Krouglikov.
Un toque de suerte: en 1892 llega una carta
de Tchaikovsky (impresionado por la Cantata
San Juan Damasceno que Kalinnikov le dedicara),
recomendandolo como director de orquesta para
el Teatro Malïy de Moscú, donde
al año siguiente ocupa el mismo cargo
en el Teatro Italiano.
Los médicos sentencian tuberculosis
y antes de finalizar 1893, debió seguir
el camino obligado a Yalta, en Crimea, donde
la relativa calidez del sur prometía
cura. “Es mi exilio. No me lo ordenan,
pero me lo exigen -escribe a Krouglikov-. Pierdo
mi puesto en el Teatro. ¿Qué haré?”.
Componer. Allí, rodeado por el tibio
sol, la miseria y la muerte, componer: dos sinfonías,
el poema sinfónico El cedro y la palmera
(sobre Heine), la música para escena
Tsar Boris (sobre Tolstoi), Poema épico,
la balada Russalka para solistas, coro y orquesta,
una suite, dos Intermezzi para orquesta, piezas
para piano, un trio, un cuarteto, Cuaderno de
canciones, una ópera inconclusa El año
1812, e irónicamente, Las ninfas, cuadros
sinfónicos sobre prosa de Turgenev.
(En la música suele suceder que la principal
producción de un compositor se genera
en la etapa más trágica de su
vida y no la refleja. Recuerde a Smetana: queda
sordo y escribe El Moldava). Los amigos y su
esposa consiguen el estreno en Kiev en 1897
de la Primera sinfonía escrita entre
1894 y 1895. Dedicada a Krouglikov, suscitó
una polémica epistolar entre éste
y Rimsky-Korsakov, que la había criticado
por contener en el primer movimiento “una
melodía excesivamente rusa”. Precisamente
parte del mérito de la obra reside en
su carácter ruso. No es la obra de un
genio imprescindible, pero sí el indicio
de una creatividad postergada que aseguraba
resultados interesantes e innovadores (lo revela
el segundo movimiento).
>> Esta Primera sinfonía -de una
sonoridad propia del esterotipado sinfonismo
ruso romántico-, sigue la estructura
clásica de la forma en cuatro movimientos.
El Allegro moderato inicial respeta impecablemente
la fórmula allegro (que rige en el primer
movimiento de toda sonata, sinfonía o
concierto): una sección de exposición
de los dos temas contrastantes (el tema “ruso”
y el tema lírico); una sección
de desarrollo, una sección de reexposición
(muy similar a la de exposición) y la
coda.
El momento más interesante y original
se presenta con el segundo movimiento, Andante
commodamente, de textura y color novedosos.
Domina una atmósfera nocturnal (construída
desde el comienzo con el diseño contínuo
de dos notas agudas del arpa y algunos violines,
mientras en el grave aparecen acordes del arpa
y la madera). El oboe inicia la melodía.
(“Lo imaginé una noche de insomnio,
escuchando el silencio y la soledad” -escribió
el autor a Krouglikov). Es un movimiento que
incita a repetirlo (útil práctica,
habitual en el siglo XIX y principios del XX).
Una danza paisana abre el Scherzo, que, como
todo scherzo, mantiene las tres secciones (claramente
diferenciadas y hasta con pausa intermedia).
En este caso es danza, tema melancólico
y reexposición de la danza.
Y el cuarto movimiento, se inicia recapitulando
el motivo principal del Allegro, el tema “ruso”,
trae un nuevo elemento, contrastante, más
rítmico. Se alternan. Una breve reminiscencia
del material pasado (el motivo lírico,
el nocturno, la danza...) conduce a un final
masivo y brillante, donde se impone, maestoso,
el tema “ruso”. El estreno de la
Primera sinfonía alienta al Teatro Malïy
a poner enescena Tsar Boris en 1899. Fracaso.
Llega ayuda económica gracias a los
buenos oficios de Rachmaninov, que después
lo visita en Yalta. Comprueba las espantosas
condiciones en que vive Kalinnikov y el resto
de la comunidad prácticamente allí
reclutada. La carta de Rachmaninov al editor
Piotr Jurgensen, logra inmediatamente 120 rublos
por tres canciones y la oferta de publicar la
partitura general y la transcripción
para piano a cuatro manos de la Segunda sinfonía.
Antes que Jurgensen lleguase a Yalta, Kalinnikov
muere a los 35 años. Inmediatamente,
el editor ofrece a la viuda una elevada cifra
a cambio del resto de los manuscritos “destacando
que con la muerte del compositor el valor de
las obras se ha multiplicado por diez”.
La sempiterna realidad comercial. Terrible.
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