Rachmaninov lo compuso en su finca de verano
Ivanovka. Lo destinaba a la próxima gira
por Norteamérica: “Sólo
y exclusivamente piensan en negocios”.
Sin embargo, fue por razones económicas
por las que planificó la tournée:
estaba fascinado por la novedad del automóvil
y así podría comprar uno. Le encantaba
conducir por el campo.
Tras un largo período de composición,
no tuvo tiempo de ensayarlo. Por lo tanto se
llevó en el barco un teclado mudo para
practicar todos los días.
Rachmaninov comenta:
“Mi Tercer Concierto fue escrito especialmente
para Estados Unidos y debía tocarlo por
primera vez en Nueva York, en noviembre de 1909,
bajo la dirección de Walter Damrosh.
Inmediatamente después lo repetí
en esa ciudad, pero con la batuta de Gustav
Mahler.
En aquella época Mahler era el único
director a quien consideraba merecedor de ser
puesto a la misma altura que Nikisch.
Tocó directamente mi corazón
de compositor consagrándose a mi concierto
hasta que la parte orquestal, que es bastante
complicada, estuviera ensayada hasta el punto
de la perfección, aunque ya había
pasado largo tiempo de ensayo.
Según Mahler, cada detalle de la partitura
era importante, una actitud que desafortunadamente
es rara entre los directores.
El ensayo empezaba a las diez de la mañana.
Podía unirme a ellos a las once y llegaba
a tiempo. Pero no comenzábamos a trabajar
hasta las doce, cuando apenas quedaba media
hora, durante la cual yo hacía lo máximo
que podía para tocar una composición
que por lo general dura treinta y seis minutos.
Tocábamos y tocábamos. Hacía
rato que había pasado la media hora,
pero Mahler no le prestaba la más mínima
atención a este hecho... Cuarenta y cinco
minutos más tarde, Mahler anunció:
-Ahora repetiremos el primer movimiento.
Mi corazón se congeló. Esperé
una terrible rebelión o al menos una
acalorada protesta de parte de la orquesta.
Esto ciertamente hubiera ocurrido en cualquier
orquesta, pero aquí estaba Mahler. No
noté ni una señal de disgusto.
Los músicos tocaron el primer movimiento
con una dedicación entusiasta e incluso
más precisa que la vez anterior.
Fui hasta el atril del director y juntos examinamos
la partitura.
Los músicos de los últimos asientos
comenzaron tranquilamente a levantarse, a guardar
sus instrumentos y a desaparecer.
Mahler explotó:
-¿Qué es esto?
El primer violín:
-Es más de la una y media, Maestro.
-¡Eso no hace ninguna diferencia! ¡Mientras
yo esté aquí sentado ningún
músico tiene derecho a levantarse!”.
Pasaron casi nueve décadas.
Allá y aquí la consigna parece
ser la misma: ensayar, ensayar, ensayar...
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