H O M E

Concierto para Piano N°3 de Rachmaninov
Para ensayar eternamente...
por Marcelo Arce © 1999

Para ensayar eternamente. Obra enorme, destinada a grandes intérpretes: orquesta y solista, solista y orquesta.

Rachmaninov lo compuso en su finca de verano Ivanovka. Lo destinaba a la próxima gira por Norteamérica: “Sólo y exclusivamente piensan en negocios”. Sin embargo, fue por razones económicas por las que planificó la tournée: estaba fascinado por la novedad del automóvil y así podría comprar uno. Le encantaba conducir por el campo.

Tras un largo período de composición, no tuvo tiempo de ensayarlo. Por lo tanto se llevó en el barco un teclado mudo para practicar todos los días.

Rachmaninov comenta:
“Mi Tercer Concierto fue escrito especialmente para Estados Unidos y debía tocarlo por primera vez en Nueva York, en noviembre de 1909, bajo la dirección de Walter Damrosh. Inmediatamente después lo repetí en esa ciudad, pero con la batuta de Gustav Mahler.

En aquella época Mahler era el único director a quien consideraba merecedor de ser puesto a la misma altura que Nikisch.

Tocó directamente mi corazón de compositor consagrándose a mi concierto hasta que la parte orquestal, que es bastante complicada, estuviera ensayada hasta el punto de la perfección, aunque ya había pasado largo tiempo de ensayo.

Según Mahler, cada detalle de la partitura era importante, una actitud que desafortunadamente es rara entre los directores.

El ensayo empezaba a las diez de la mañana. Podía unirme a ellos a las once y llegaba a tiempo. Pero no comenzábamos a trabajar hasta las doce, cuando apenas quedaba media hora, durante la cual yo hacía lo máximo que podía para tocar una composición que por lo general dura treinta y seis minutos.

Tocábamos y tocábamos. Hacía rato que había pasado la media hora, pero Mahler no le prestaba la más mínima atención a este hecho... Cuarenta y cinco minutos más tarde, Mahler anunció:

-Ahora repetiremos el primer movimiento.

Mi corazón se congeló. Esperé una terrible rebelión o al menos una acalorada protesta de parte de la orquesta. Esto ciertamente hubiera ocurrido en cualquier orquesta, pero aquí estaba Mahler. No noté ni una señal de disgusto. Los músicos tocaron el primer movimiento con una dedicación entusiasta e incluso más precisa que la vez anterior.

Fui hasta el atril del director y juntos examinamos la partitura.
Los músicos de los últimos asientos comenzaron tranquilamente a levantarse, a guardar sus instrumentos y a desaparecer.

Mahler explotó:
-¿Qué es esto?
El primer violín:
-Es más de la una y media, Maestro.
-¡Eso no hace ninguna diferencia! ¡Mientras yo esté aquí sentado ningún músico tiene derecho a levantarse!”.

Pasaron casi nueve décadas.
Allá y aquí la consigna parece ser la misma: ensayar, ensayar, ensayar...

volver arriba