La mañana tiene voz de oro
La mirada perdida. Cabellera ocre armada como
torta de té, a la sombra de un gran arbusto
mecido suavemente por los céfiros, arbusto
que unido al denso follaje ha sido creado expresamente
por la naturaleza para servirle de respaldo.
Completamente escrita, una pequeña partitura
sostenida por la mano izquierda, está
apoyada sobre la pierna derecha que está
a punto de hundir el talón en el agua.
Impecable ropa de ciudad (una especie de levitón
azul claro, camisa y moño rebelde). El
brazo derecho se reclina en una saliente del
arbusto-respaldo, pendiendo una pluma (sólo
el raquis, sin las barbas ¿o será
una estilográfica?). Del tintero, ni
rastros. Hacia el centro y en segundo plano,
rodeada por pocas ovejas, se aleja la pastora
con su cayado en mano y laúd montado
a la espalda rodeando la cintura. Detrás
de ella corre más vegetación para
resaltar algunas casas y la ilgesia. Como fondo,
dos leves montañas con algo que sugiere
castillo. Cielo parcialmente nublado. Sensación
térmica: 23° (a juzgar por el ligero
atuendo de la pastora. ¿Cómo soporta
Beethoven luciendo de invierno?). Una “naturaleza”
perfecta. Sin mosquitos.
Mal descripta, esta es una litografía
en color del calendario del Círculo Musical
de Zürich correspondiente al año
1832 con el epígrafe “Beethoven,
cerca de un arroyo, componiendo La Pastoral
“. (Ahora está en la casa del compositor
en Bonn). Pensar que todavía -entrando
en el nuevo milenio-, hay quienes creen que
este “cuadro” resume el acto creador:
Beethoven “oye” los pájaros
y escribe. Beethoven “se inspira”
y escribe. En un escueto papel. En trance. Claro:
estuvo desde 1807 a 1808 allí, junto
al arroyo.
Pero esta no es la única interpretación
cursi que sufrió la Pastoral (capaz de
resistir todo, incluyendo las ejecuciones musicales):
El Club de Artistas “Los improvisadores”,
de Düsseldorf, en febrero de 1863, tuvo
el pésimo gusto de presentar un supuesto
espectáculo al que tituló “La
ilustración de la Sinfonía Pastoral
de Beethoven”. Empleó decorados
como fondo, con un escenario por el que transitaban,
bailaban y gesticulaban grupos de segadores,
campesinos, pastorcitos y hasa el cura del pueblo.
Por suerte no agregaron palabras y no cantaron.
Los críticos lo repudiaron pero nuevamente,
la masa del público -como lo hace en
la actualidad con eventos similares locales
de pequeñitas aspiraciones estéticas
y grandes dividendos-, lo aclamó como
un éxito.
Como ve, lo mediocre con alto raiting existió
siempre.
• Pocos en ese entonces sabían
que la “Sinfonía N° 6”,
titulada por Beethoven como “Sinfonía
pastoral”, es una sinfonía programática,
es decir, que describe imágenes a través
del sonido. Sugiere y evoca. Por eso, la “Pastoral”
es una obra que perfila el impresionismo (más
exactamente el impresionismo de Debussy).
Su material está expresamente indicado
por Beethoven, a partir de los títulos
de cada movimiento. Tres cuadros. “Despertar
de agradables sensaciones al llergar a la campiña”,
para el primero; “Escena junto al arroyo”
para el segundo; y “Alegre reunión
de los campesinos - Tormenta - Canto pastoral.
Alegres sentimientos de agradecimiento después
del temporal”, para la parte final.
Además, toda la sinfonía tiene
como subtítulo esta frase: “Impresiones
ante la naturaleza”. En la calificación
de impresiones se encuentra la sutil renovación
que plantea la obra.
Estas acotaciones ya aparecen en los bocetos
de 1805 a 1807, y los mantuvo en la partitura
definitiva que completó en 1808. Recuerde
que la Pastoral fue presentada en diciembre
de ese año, junto a la Quinta sinfonía
y con la numeración invertida. Precisamente,
en el programa de sala que Beethoven mandó
imprimir, la Pastoral es equivocadamente anunciada
como “Quinta sinfonía de Louis
van Beethoven”. Allí aparece un
resumen escrito por el compositor, que dice:
«Esta sinfonía Pastoral es un
recuerdo de la vida campestre; es la expresión
de un sentimiento más que una pintura
de la misma; o para decirlo con toda libertad,
es más bien el reflejo de las impresiones
que una representación de los hechos».
¿Palabras, sólo poéticas
palabras?.
No. Es un nuevo planteo estético. Y la
subjetividad de la narrativa musical está
siempre presente: él, un “yo”
ajeno, nos exhibe como en una pantalla, sus
sensaciones y los hechos tal como él
los visualiza y los percibe.
Esto ubica a la sinfonía en el extremo
opuesto a la descripción directa, puramente
imitativa, método que incluso Beethoven
conoció en la Sinfonía Pastoral
de Justin Heinrich Knecht, un compositor suabo,
que estrenó su “gran sinfonía”
en 1784. Por casualidad, la Casa Speyer, publicó
esta sinfonía de Knecht y tres sonatas
(Sonatas del Elector WoO 47 -es decir: N°
47 del catálogo de “obras sin opus”)
que Beethoven había compuesto entre los
doce y trece años. Seguramente conoció
el título de “Pastoral” a
través de los grandes anuncios que la
editorial hacía en la contratapa de la
partitura de sus sonatas y en los periódicos
de Bossler.
Varias veces Beethoven recurrió al carácter
pastoral, pero de una manera descriptiva, empleando
la imitación -muy lejos de la concepción
subjetiva e impresionista de la “Sexta
sinfonía”-. Citemos dos ejemplos:
uno del género instrumental (la Sonata
N° 15 «Pastoral» op. 28) y otro
del género sinfónico (el ballet
Las criaturas de Prometeo ). Este ballet también
es un antecedente de la “Sinfonía
Pastoral”: está conectada por la
“representación escénica”.
Se ha perdido la coreografía y del libreto
-escrito por Salvatore Viganó-, sólo
se encontraron algunos fragmentos que permiten
una idea general de la trama. El ballet -indicado
por Beethoven como su opus 43-, sigue un plan
apenas similar al de la “Sinfonía
Pastoral”. Por ejemplo, el número
12 de la partitura también contiene una
tormenta -que en este caso está claramente
identificada como “La tempestad”-.
Cuando la tormenta pasa, aparecen los pastores.
Esquemático, debió ajustarse
-más tratándose de un encargo-
a las exigencias de la escuela francesa de ballet
imperante entonces (1801), exageradamente rococó.
• La orquesta que emplea la Sexta sinfonía
no es muy numerosa; incluso es menor a los orgánicos
que requieren muchas de las sinfonías
restantes, especialmente si la cotejamos con
su simultánea, la Quinta : entre ambas
hay una permanente retroalimentación
(pasajes de una se reciclan en la otra. Por
ejemplo, las llamadas “fuerzas de oposición”
que paralelamente aparecen en el final de la
5ª y en el final de la 6ª ).
La Pastoral utiliza un flautin, dos flautas,
dos oboes, dos clarinetes, tres fagotes, dos
cornos, dos trompetas, dos trombones, timbales
y las cuerdas. Pero la disposición de
estos instrumentos es realmente novedoso en
materia de orquestación. Por ejemplo:
en la “Escena junto al arroyo” deben
intervenir separadamente dos violoncellos solistas
y con sordina; las trompetas y los trombones
solamente aparecen en la “Tormenta”
y en el pasaje que cierra la obra; el flautín
sólo toca en la “Tormenta”
(por poco tiempo y de manera fundamental); y
el tercer fagot, hace su única entrada
para representar un instrumento rústico
que acompaña a los pastores en su danza.
También la forma de este opus 68 es
inusitada para la historia que la forma sinfonía
registraba hasta entonces: se divide en tres
partes; y a su vez, la tercera, se subdivide
en otras tres partes que se suceden sin interrupción.
No está regida por las fórmulas
(como ocurre generalmente con el primer movimiento
de una sinfonía modelo o abstracta, que
sigue el esquema del allegro de sonata: exposición
- desarrollo - reexposición). La Pastoral
se construye a partir del programa.
• En cuanto a lo programático,
la Sexta de Beethoven genera una nueva concepción
de lo narrativo. La obra comienza en un terreno
absolutamente subjetivo, las “sensaciones”
al despertar ante la campiña. (Aquí
el tema principal recrea una melodía
popular bohemia, como se puede comparar con
el N° 16 del Libro III de la colección
de tonadas bohemias y eslavas preparada por
Franz Xavier Kuhac, de Zagreb, 1878. Tener presente
que Beethoven había pasado una temporada
en el verano de 1806 en la finca de campo de
los Brunsvik en Maronvàsàr, Bohemia).
Luego se hace más concretamente descriptiva,
al ingresar la “Escena junto al arroyo”,
escena que culmina cuando al final del segundo
movimiento, aparece un recurso de descripción
directa y tangible: la imitación de tres
aves (el ruiseñor, la codorniz y el cuclillo)
aves señaladas expresamente en la última
página de este Andante.
Aumentando la narrativa, la música se
hace luego escénica: acompaña
la llegada de los pastores, su danza -interrumpida
por los truenos-. Se desata una tormenta de
campo -no una tempestad, como exageradamente
se comenta-. Y cuando la tormenta se aleja,
retornan los pájaros, los pastores y
la calma. Se oye el canto de agradecimiento.
Expansivo, va dominandolo todo. A partir de
ese momento y hasta el final, poco a poco, vuelve
a la subjetividad del comienzo, a la representación
simbólica: la sensación de una
franca felicidad ante la naturaleza, serena
y plena, consagrada en el atardecer.
• Es interesante también recordar
que Beethoven tenía conocimiento en el
tema de la “naturaleza”: desde la
“Historia natural general y teoría
del cielo” (1755) de Kant hasta las tesis
indianas de Shelley que lo orientaron hacia
la concepción de un panteísmo
naturalista (su alumno Schindler insistía
en el hecho que “Beethoven reconocía
a Dios en el universo y el universo en Dios”).
Pero además sentía pasión
por la naturaleza. Y hay infinidad de testimonios:
“¿Qué es ésto?, ¿dónde
están los árboles?. Yo no alquilo
esta habitación -le dijo a un calderero
en Baden-. Esta casa no vale nada para mí.
Yo quiero más a un árbol que a
cualquier persona.”
Curiosas y sugerentes son las anotaciones de
Beethoven que se encuentran dispersas entre
los bocetos y los apuntes de la Sexta. Se lee,
por citar algunos: «Sinfonía característica
o también remembranza de la vida campestre»,
«Sinfonía pastorella», «Quien
tenga una idea de la vida campestre podrá
captar las intenciones del autor, si necesidad
de muchos títulos». Y más
aún, anticipando la postura impresionista:
«Se debe dejar al oyente la tarea de encontrar
la propia situación».
En abril de 1823, Beethoven y Schindler iniciaron
un largo paseo por los alrededores de Viena.
Terminaron en Heiligenstadt (la localidad unida
a su otrora Testamento, dramática pieza
del 6 de octubre de 1802).Llegaron al fondo
del valle, junto a la orilla de un riachuelo.
El maestro se detuvo, y (para enfatizar la pose
enigmática que a veces le gustaba adoptar),
tras larga contemplación, preguntó
a Schindler si oía el canto de los pájaros.
Y entonces, como adivinando el tan cursi calendario
de 1832, afirmó: “Aquí compuse
la escena del arroyo. Mejor dicho, los verderoles,
las codornices, los ruiseñores y el cuclillo
la compusieron en mi lugar”. Schindler
se “inquietó” y le preguntó
a través del cuaderno de conversación:
“Pero el verderol no aparece en la Pastoral
“. Sin contestar, Beethoven tomó
el cuaderno y escribió las notas que
identifican al verderol (o verderon) entre el
paisaje de la “Escena junto al arroyo”:
si-re-sol-si-re-sol (las cinco primeras notas
en rápida sucesión de semicorcheas
ascendiendo hasta una negra que es el sol, a
cargo de la flauta I, en el compás 58).
En la interpetación de la Filarmónica
de Berlín dirigida por Karajan (1963),
lo ubica en el track 2, a los 4' 37" y
se repite en 4' 42" y en 4’47"
y por última vez en 4' 52".
• Beethoven no nadaba ni montaba a caballo
(como Mendelssohn), pero cuando vivía
en Viena, nunca se perdía una caminata
diaria o una carrera alrededor de las murallas,
sin importarle el clima.
Salía muy temprano, casi al amanecer,
repitiendo su frase favorita, la misma que apuntó
en los bocetos del primer movimiento de la Pastoral,
antes de titularlo “Despertar de agradables
sensaciones...”: « La mañana
tiene voz de oro / La mañana tiene voz
de oro... »
Ta, ta, ta, ta...
Así suele titularse el canon a cuatro
voces que Beethoven escribió la noche
del estreno de la Séptima. Bueno: aparentemente
otro título no le cabe. La única
letra del canon es “ta-ta-ta-ta....”,
en broma musical al factotum de la premiére,
Johann Nepomuk Maelzel (1772-1838) checo establecido
en Viena en 1792, donde su provocador ingenio
le acreditó el título de mecánico
de la corte. Ta-ta-ta... aludiendo a la relojería
y los inventos de Maelzel, entre los cuales
contaban dos fundamentales para Beethoven: el
metrónomo y las trompetillas acústicas
(con las que intentaba compensar su sordera).
En uno de los cuadernos de conversación
de época posterior, Beethoven cuenta
a Schindler sobre el “Ta-ta-ta...”:
“¡Qué divertida aquella velada
en la que lo cantamos en la Cervecería
del Camello! Maelzel hizo de bajo, yo de soprano...”.
Allí lo había compuesto y es el
origen del Allegretto (II mov.) de la Octava
sinfonía op. 93 (contemporánea
de la Séptima). Según ese cuaderno,
imitó las palpitaciones metronómicas:
Ta-ta-ta-ta...
• “Esta sinfonía sólo
pudo haber sido escrita en estado de embriaguez”.
Esta afirmación del crítico Friedrich
Wieck -el padre de Clara Schumann- respecto
de la Séptima sinfonía de Beethoven,
es obtusa y falsa.
Tan obtusa como su apego al pasado, a lo conservado
en los papiros de conservatorio.
La Séptima es otra prueba cabal de su
genialidad: síntesis, originalidad, emoción,
imaginación.
Es la obra que anticipa el último romanticismo,
el período estético de la parte
final del siglo XIX, en el que encontramos la
música de Brahms, Dvorak, Tchaikovsky,
Strauss, Mahler... Más exactamente, se
adelanta a Wagner. Por curiosidad, le contamos
que Wagner la “bailó”durante
su último invierno en Venecia, en el
Palacio Vendramin, acompañado por la
versión para piano que Liszt hizo de
la Séptima). Ud. sabe perfectamente que
el creador de El anillo del nibelungo dejó
librada a la popularidad una romántica
frase: “Esta sinfonía es la apoteosis
de la danza”. Apotesosis entendida como
deificación (?). Frase desprovista de
toda justificación y que nos remite al
rótulo de una película tragi(cómica):
“Donde terminan las palabras...”(¿la
recuerda?. Seguramente no porque Ud. es muy
joven. Argentina. Década ¿del
’40, del ’50?). Varias escenas -aporreando
un piano que la sinfonía no utiliza-,
y con una orquesta deleznable, danzaban la Séptima
a voluntad, de izquierda a derecha y viceversa,
de arriba hacia abajo y viceversa. Era “la
apoteosis de las flores de plástico”.
¿Qué pecado habrá cometido
Beethoven (después de su muerte) para
merecer esto?.
• Décadas ’40, ’50:
época en la que cual algunas orquestas
deberían haber meditado largamente, tal
vez, infinitamente, antes de decidirse a abordar
la Sépitma, obra realmente compleja.
Era mejor que la dejaran reposar en los atriles.
Criterio que deberían haber adoptado
tales orquestas y tales directores que lamentablemente
ya han quedado registrados y que el público
(no Ud. por supuesto) considera “modelo”,
como lo “máximo” por el sólo
hecho de haberla conocido así, con esa
manera equivocada. Aprecian las interpretaciones
a partir del “disco de pasta” o
“cassette” que tienen incorporado.
De buena fe, creen que lo que están acostumbrados
a oír es lo único valedero e inmutable.
Beethoven -como lo hizo desde la Primera sinfonía-
indicó la marcación de “tempo”
con el metrónomo que había inventado
su otrora amigo Johann Nepomuk Maelzel. Es decir,
no queda margen: debe respetarse el “tempo”
y el “tiempo” de la partitura. Ni
más lento, ni más rápido.
Siempre con impulso. Un impulso que no debe
decaer.
Es más: hay un pasaje muy conocido en
el movimiento final, un pasaje (llevado por
los cornos) que se repite varias veces, y que
Beethoven explicó -en los cuadernos de
conversación, en sus últimos años,
ante una pregunta de su alumno y asistente,
Anton Schindler. “En ese pasaje, el ritmo
debe ser poderoso, como el de una cabalgata”.
Hay en particular una interpretación
(¿versión?) propia de aquellos
modelos (1953), en la que un gran director alemán
realiza su versión, amparado por las
licencias, por aquello de “su manera”,
por una concepción (tal vez valedera
para la época) según el cual la
partitura admite la modalidad del intérprete.
Escúchela con atención. Compárela
con una de las correctas, (por ej., la dirigida
por Karajan, 1963, que aplica su impronta sujetándose
a la partitura. Y comprobará que en aquella
del ’53 el movimiento viene con el equino
exahusto.
• Son conocidas las numerosas cartas
en las que Beethoven se queja ante tal o cual
orquesta nacional o extranjera que hubiese interpretado
la obra fuera del “tempo” indicado,
asi como era extremadamente detallista en la
corrección de las pruebas de imprenta
antes de la publicación. Se lo ha escuchado
imprecar fuertemente a quien imprimía
una partitura suya sin el consentimiento. Beethoven
fue el primero en adquirir y ejercer la conciencia
del compositor: “el compositor es máximo
artífice de la música”.
Y uno de los métodos que impuso fue el
de corregir las pruebas y evitar toda intromisión
del editor.
A la Casa Steiner que hizo la publicación
original en 1818, le escribe: “Todo el
asunto de esta sinfonía me resulta verdaderamente
incómodo, ya que es una desgracie el
que ni las partes ni la partitura estén
correctas. En los ejemplares que ya están
preparados, deben corregirse los errores con
tinta china, cosa que debe hacer su copista
Schlemmerl ; habrá que imprimir asimismo
una lista con todas las erratas -¡y sin
añadir otras nuevas!-, lista que deberá
adjuntarse a la edición. La partitura,
tal como ha quedado grabada, puede haber sido
escrita por el más burdo y despistado
de los copistas. Es un trabajo tan equivocado
y defectuoso como ninguna de mis obras publicadas
hasta la fecha. Es el resultado de su poca atención
a las correcciones que hice y a no haberme mandado
éstas para yo revisarlas o no habérmelo
recordado... Ud. ha tratado al público
con insolencia y un autor inocente está
padeciendo las consecuencias en su reputación”.
• Es interesante saber que Beethoven conservaba
exclusivamente el “tempo” con el
que había nacido la obra. Es decir, que
desde el boceto hasta su publicación,
la sinfonía mantuvo los “tempi”,
aún cuando todos los otros aspectos sufrieran
modificaciones pequeñas o importantes.
Incluso prevalecía a espacios vacíos:
dejaba páginas en blanco para luego completarlas.
Esto lo ratifica Hiller en su Mendelssohn :
Hiller y Mendelssohn (de 16 años) visiaron
en Offenbach a André (célebre
coleccionista de obras de Mozart). Mientras
Mendelssohn tocaba y tocaba fragmentos de la
versión para piano del propio Beethoven
(destinada a la Emperatriz de Rusia), André
les aseguró que había observado
la partitura de la Séptima durante el
proceso de composición. Varias hojas
esperaban ser llenadas posteriormente, y los
fragmentos siguientes parecían no tener
conexión con los anteriores al espacio
en blanco. El malhumor de André fue transformado
por la música hasta silenciarlo. Con
el tiempo Mendelssohn llegó a ser propietario
del autógrafo auténtico de la
Séptima. André no mentía:
hay cuatro páginas en blanco. Inusual,
pero parte de los variados métodos de
Beethoven.
El ritmo impone su presencia en todos los laberintos
de la obra, sometiéndose a las diferentes
tipologías de los movimientos. El ritmo
se erige como la estructura constitutiva. Es
el emblema de la Séptima.
Y el ritmo se conviritó en la principal
preocupación durante los terribles ensayos
(“Pido a los caballeros que se lleven
a casa sus partes respectivas, asegurándoles
que si lo practican día y noche, el pasaje
saldrá bien”).
• Ese mismo “tempo” pudo sostener
el día del estreno, el 8 de diciembre
de 1813, en un concierto realizado en el paraninfo
de la Universidad de Viena, organizado por Maelzel
a beneficio de los soldados heridos en la batalla
de Hanau (ocurrida el 30 de octubre), donde
las tropas de Austria y Baviera trataron de
cortar la retirada de Napoleón desde
Leipzig.
Beethoven dirigió todo el programa -que
incluía además dos marchas de
Ladislau Dussek y de Ignaz Pleyel, ambas interpretadas
con intervención de una máquina
de Maelzel, el “trompetero mecánico”.
Y aunque debió bisarse el Allegretto,
tercer movimiento de la Séptima, lamentablemente,
el broche fue La batalla de Vittoria o La victoria
de Wellington -op. 91 dedicada al regente de
Inglaterra- (equivocados, los periódicos
lo rescataron como lo máximo de la velada:
“los aplausos alcanzaron el paroxismo”).
Estaba previsto que la primera parte, La batalla,
sería interpretada por el panharmonicon,
máquina infernal de Maelzel que, como
todo lo extraño, había fascinado
a Beethoven. Pero el panharmonicon no resistió
su partitura. “Estalló” durante
los ensayos y debió emplearse la transcripción
para orquesta que por sugerencia del propio
Maelzel estaba preparada, orquesta a la que
sumó percusión más bombo,
carracas, platillos, tres trompetas, tres trombones,
cañones (por suerte sólo con salvas)
para describir -descaradamente- todos los detalles
del encuentro bélico -sin dejar de lado
las descargas de fusilería-.(¿Hacia
quienes apuntarán?).
• Mezclados como miembros de la orquesta,
estaban sus amigos, Schuppanzigh, Romberg, Spohr,
Mayseder y Dragonetti que tocaron entre los
violinistas de fila; en los timbales intervenían
Hummel y Meyerbeer (de quien Beethoven se quejaba
que siempre entraba atrasado); Moscheles -futuro
célebre compositor y pianista-, en los
platillos.
Hasta el antiguo maestro de Beethoven, Antonio
Salieri participó, dando el tiempo a
los timbales y las salvas -en la “Batalla”
y las marchas.
Por supuesto, en lugar destacado estaba el
dedicatario de la sinfonía -es decir,
a quien Beethoven le ofreció y vendió-:
el conde Moritz von Fries (también dedicatario
de las Sonatas para violín y piano opus
23 y 24).
Spohr cuenta: “... Beethoven se había
acostumbrado a indicar a la orquesta, -con toda
clase de curiosos movimientos de su cuerpo-,
las diversas expresiones de la sinfonía.
Cada vez que aparecía un «sforzando»
(en los fortissimos), cruzaba los brazos sobre
el pecho y los abría con fuerza; en los
«pianos» (en los suaves) se agachaba
tanto más abajo cuanto más suave
los quería; continuaba la música
con un «crescendo» y se iba levantando
muy despacio, para dar por último un
salto al empezar el «forte». Y alguna
que otra vez, para reforzar el «forte»,
gritaba sin darse cuenta...”
Esta manera de “dirigir” la Séptima
no era novedad para los que compartieron con
Beethoven su estancia en el balneario de Teplitz,
a 80 kilómetros de Praga, entre agosto
y septiembre de 1811. Tal como lo cuenta el
conde Varnhagen von Ense que asistía
al balneario con quien luego sería su
esposa, Erna Rahel (a quien se deben los primeros
artículos sociales sobre Beethoven).
Allí también estaban la condesa
von der Recke, de Berlín; Varena, Ludwig,
Lowe y otros actores; Fichte, el filósofo;
Tiedge, el poeta; y los Sebalds, una familia
de mecenazgo musical. De una de las hijas de
Sebalds, Amalie, estaba ciegamente enamorado
Beethoven (tanto como lo había estado
antes Carl Maria von Weber).
Ante ellos, en la playa, y a voz en cuello,
Beethoven cantaba y “dirigía”
con su peculiar manera los pasajes concluídos
de su Séptima, aunque el sufrido auditorio
no sabía que se trataba de una sinfonía
y mucho menos de La Séptima.
Por eso, Varnhagen von Ense en sus memorias
aclara la duda que lo asaltó el día
del estreno: “¿dónde habré
escuchado antes esa música?”.
• Entre los asistentes al concierto de
estreno de la Séptima, estaba Franz Schubert.
Tenía 15 años, cabellos negros,
pálido, vestido de pana y con gafas,
recién egresado de la Escuela de la Catedral.
Un mes antes había terminado su primera
sinfonía. El impacto que recibió
de la Séptima le produjo un doble efecto:
lo convirtió en un anónimo adorador
de Beethoven y lo llevó a crear un boceto
que completaría ocho años después,
mientras era maestro de piano de los hijos del
Conde Johann Karl Esterházy en la residencia
campestre de Zseliz. A su hermano Ferdinand
le escribe en 1824 contandole que ha compuesto
una sinfonía evocando algunos pasajes
de la “Séptima” de Beethoven
que sólo escuchó el día
del estreno. La economía de Schubert
nunca le permitió adquirir la partitura
de la “Séptima”. Su devoción,
su memoria y unos apuntes hechos a los 15 años
le alcanzaron. A Ferdinand le confiesa: “No
me atrevo a orquestarla. Por eso la he escrito
para piano a cuatro manos”.
Esta obra -conocida como Gran dúo para
piano incluída como Número 812
del catálogo Deutsch-, encontró
su verdadero instrumento gracias a la orquestación
que 27 años después de la muerte
de Schubert, en 1855, realizara el violinista
y compositor húngaro Joseph Joachim.
• Cuatro años separan la Sexta
de la Séptima (el período más
largo entre sinfonías de Beethoven).
Desfilaron entre ellas: Concierto para piano
N° 5 “Emperador”, Tríos
con piano op. 70 y op. 97 “Archiduque”,
Sonatas para piano 24, 25 y 26"Los adioses”,
Variaciones op. 76, Fantasía op. 77 y
Sonatina op. 79, Cuartetos op. 74 y op. 95,
música incidental (Egmont, Rey Estaban,
Ruinas de Atenas, Tarpeya), lieder (En esta
tumba oscura, Nostalgia, El lamento, Recuerdo,
Canto del ausente, El joven alejado de la patria,
El enamorado, A la amada), 25 y 20 Canciones
Irlandesas y la original Fantasía coral
op. 80.
• Sobre la interpretación dirigida
por Karajan (’63), destacamos:
§: Track 1 : I mov Poco sostenuto - Vivace
0' 00" Introducción
3' 46" Exposición temática
6' 03" Desarrollo
7' 50" Reexposición
10' 10" Coda
§: Track 2: II mov Allegretto
0' 00" Paralelas a violoncellos y contrabajos,
las violas entonan el motivo (en base a tres
sonidos mi, fa sostenido, sol) construído
como expresión directa del ritmo.
El ritmo es el motivo. Formado por frases que
se alternan: frase de ritmo dáctilo (-
~ ~) y frase de ritmo espóndeo (- - )
resultando:
mí mi-mi mí mi mí mi-mi
mí mí mí mi-fa# sol sol
- ~ ~ - - - ~ ~ - - - ~ ~ - -
(dáctilo) (espóndeo)
0' 47" Inicia el arco armado con el crescendo
(y aumentativo de pujanza: agregando instrumentos
paulatinamente) y diminuendo.
2' 50" Desarrollo
5' 15" Como un fugado
7' 03" Coda: se oyen tres golpes: el bastonero
(uno de los símbolos beethovenianos)
§: Track 3: III mov. Presto (como esquema
es un scherzo)
0' 00" Tema A
1' 24" Tema B (recrea un antiguo himno
religioso de peregrinos de la Baja Austria)
3' 11" Tema A
4' 35" Tema B
6' 22" Tema A
7' 34" Coda: motivo de B y motivo de A
(cinco acordes decisivos).
§: Track 4: IV mov. Allegro con brio
0' 00" Inciso, dos veces. Caracteriza al
tema A
0' 39" Cabalga, ¡brioso! (cornos)
1' 01" Idea B
1' 47" Transformación de A
3' 19" Tema A
4' 16" Breve desarrollo. Desemboca en A
6' 09" ¡Abajo toda la orquesta!.
Súbito piano, suave. Rápido crescendo
y Coda.
• Fuerza, energía, dos elementos
constantes en la Séptima sinfonía
¿Cómo se traducen en música
esos dos elementos?. La fuerza en música
es “pujanza”, es decir, caudal sonoro
(vinculándose a la dinámica -matices
e intensidades-). Y el caudal se logra combinando
acordes y tantos instrumentos como sonidos,
entrelazados, formando enormes masas sonoras,
como las que surgen en el mismo comienzo de
la obra. ¿Lo recuerda?.
La energía, en música se logra
a través del impulso ritmico. «En
la Séptima -dice Jean Chantavoine-, el
ritmo es tratado por sí mismo y por la
sola espontaneidad de sus infinitos recursos».
Su punto culminante lo alcanza en el movimiento
final. El ritmo es casi salvaje, primitivo,
y a la vez complejo. Invencible. La instrumentación
innovadora, una sostenida animación polifónica
y su extraordinaria viatalidad, han originado
infinidad de sugerencias: melodía báquica,
remolino vertiginoso, furia frenética,
orgía carnavalesca¸etc. (por favor,
elija una o invente otra nueva).
Por eso repetimos el consejo que alguna vez
le dimos: para aquellos momentos de depresión
o tristeza, nostalgia o decaimiento, tenga siempre
a la mano el último movimiento de la
Séptima. Claro: en la interpretación
correcta. Porque -si se trata de una versión
(es decir, una deformación a la manera
de... como aquella “modelo” del
’53), la depresión y la tristeza,
la nostalgia y el decaimiento, pueden convertirse
en tragedia.
Y la Séptima no quiere perder un oyente
tan calificado como Ud. |