H O M E

Revista 3 Puntos del 18 de julio de 2002, sección “Personajes”
LLENA TEATROS HABLANDO DE MÚSICA
Por CONSTANZA BRUNET
FOTOS: DIEGO MAZZUCA

El año pasado, Marcelo Arce logró reunir 55 mil personas entre cursos y clases públicas sobre música clásica. Mezcla de Columbo y Woody Allen, en 2002 ya se vislumbra que va a superar por mucho esa cantidad. 

En 2001 reunió 55 mil personas entre cursos y clases públicas sobre música clásica, y este año, pese a la crisis, va a superar largamente esa cantidad. Mezcla de Columbo y Woody Allen, algo torpe y bizarro, inseguro sin remedio («¿los estoy aburriendo?», pregunta a cada rato), se define como un difusor de profesión y deslumbra a sus seguidores.

En estos tiempos de crisis, Marcelo Arce es una pyme que funciona. Y no vende soluciones para salir del corralito, ni dólares baratos, ni siquiera vende música. Lo que él ofrece es simplemente su entusiasmo por cierta música y ciertos músicos: Beethoven, Mahler, Callas, Verdi, Puccini, Gershwin, Mozart, Piazzolla son algunos de sus amados, que él, como un médium, acerca al público. Sólo en 2001 fueron alrededor de 55 mil personas las que asistieron a sus numerosos cursos y clases públicas. Y este año la debacle argentina no pudo con él; aunque su programa radial El paraíso, que emite los domingos Radio Del Plata, se redujo de doce a cuatro horas, el público de sus cursos no sólo no disminuyó sino que aumentó. Prueba de ello es su agenda totalmente cargada de «funciones» tanto en Capital como en el interior.

El artífice de este fenómeno de entusiasmo por la música clásica es un hombre de mediana edad que viste trajes anacrónicos y corbatas chillonas. Un antihéroe, mezcla de Columbo y Woody Allen, que tartamudea al hablar, que dice ser uno más de los que no saben música (como su público), que tropieza con los cables en la mitad de la función cortando el sonido y que es capaz de repetir incansablemente frente a un teatro lleno de gente que pagó una entrada sólo por escucharlo: «¿Los estoy aburriendo? ¿No se enojan si sigo un poquito más?».

Sin embargo, igual que Columbo, cuando todo el mundo se relaja y sonríe condescendiente frente a este personaje algo bizarro y torpe, suenan los primeros acordes y Arce comienza a desplegar una red que atrapa hasta al más renuente de los espectadores. Canta, baila, mueve los brazos como un director de orquesta, cuenta anécdotas jugosas de los músicos, brinda información de todo tipo, hace chistes y, fundamentalmente, saca a relucir toda su pasión, como ya se dijo, su mercadería más valiosa.

Este show lo viene repitiendo desde el año 75, cuando era un estudiante de Derecho de la UBA y empezó a dar clases de apreciación musical en la facultad. De abogado no se recibiría, pero nunca abandonó la música.

Entre sus seguidores, hay algunos que se consideran fans y que lo siguen a todos lados como los ricoteros a los Redondos. Son, en su mayoría, gente de entre 40 y 60 años, de la otrora numerosa clase media con aspiraciones intelectuales. En la puerta del Teatro Avenida, media hora antes de que comience la clase sobre la Tercera sinfonía de Beethoven, la cola para sacar las entradas es de media cuadra, aunque la noche es fría y llovizna. Ningún tapado de piel entre la concurrencia, más bien se asemeja a una reunión de vecinos caceroleros.

La divulgación cultural, que estuvo tan de moda en los 70, fue decayendo hasta que prácticamente desapareció. La cantidad de público que lo sigue, ¿marca un retorno a la idea de divulgación?

Es cierto que la idea de divulgación popular de la cultura se perdió totalmente. Pero yo noto en la gente un apetito impresionante. Ojo, no ocurre sólo conmigo, sé que también hay muchísima gente en cursos de otras ramas del arte.

Es curioso que, cuando a otras empresas les cuesta vender un lápiz, haya tantas personas con ganas de consumir cultura.

Creo que la gente busca huir de la realidad cotidiana y refugiarse en lo espiritual. Los argentinos están tan castigados que sienten que se merecen esa satisfacción, ese placer que da el arte. Fíjese en la exposición de los grabados de Rembrandt en el Museo de Bellas Artes, fueron más de 100.000 personas.

¿Está superado el prejuicio de que la música clásica es sólo para unos pocos?

Cuando yo empecé era un prejuicio muy presente. Pero ahora ya está instalado el concepto de que la música es para todos. Hoy estamos en la etapa de la selección, de saber discernir, poder elegir la mejor interpretación, el mejor soporte técnico. Tenemos la suerte que otras generaciones no tuvieron, de que hoy exista una gran competitividad artística en los intérpretes y soportes técnicos muy fuertes. Verdi, Puccini o Wagner estarían fascinados si pudieran ver sus óperas en DVD.

¿La radio es el medio ideal para popularizar la música clásica?

Yo me considero básicamente un difusor de música, ésa es mi profesión, y para mi tarea la radio es lo más importante. Durante nueve años tuve en Radio Del Plata el programa Opus 1030, que si bien tenía un esquema bastante clásico fue llegando al público. Y el gran cambio se dio el año pasado con El paraíso, fue una apertura impresionante a otra clase de oyentes. Al no ser el típico programa serio de música clásica, e incluir juegos, enigmas, anécdotas y reportajes, enganchó a todo tipo de público. El mérito no es sólo mío, sino de toda la producción y de Martha Versace, que me acompaña al aire.

Hay gente que opina que no se puede enseñar a escuchar música, porque la pasión y la sensibilidad no se pueden transmitir.

Hay mucha gente que no aprecia lo que hacemos, por supuesto. Algunos se molestan porque yo voy hablando sobre la música, voy marcando cada instrumento, cada tema, voy contando el significado de cada parte. Seguramente muchos desearían que me trague el escenario. Pero creo que contar con más información, con más elementos, ayuda a apreciar mejor una obra. Y otra regla básica para aprender a escuchar es hacerlo muchas veces, repetir, repetir, repetir. Empezar escuchando pocas cosas pero muchas veces, para ir internalizándolas. Por supuesto, esto está dirigido a los que no sabemos música, el erudito no va a encontrar nada nuevo en mis clases, no están pensadas para él.

¿Qué va a buscar el público a sus clases?

Dos cosas. En primer lugar, información. Muchos toman nota, quieren conocer los significados de cada parte de la obra, les interesan las anécdotas sobre los músicos y el contexto histórico. Y la segunda cosa que buscan es la emoción, encontrarse con la emoción de la música. A veces no necesito decir nada, la música lo va haciendo todo, es increíble. Muchos terminan llorando. Y en otro momento, pasan a reírse a carcajadas con alguna anécdota de Beethoven, por ejemplo.

Sus clases parecen muy sanguíneas, nada que ver con la idea clásica de la divulgación, que apuntaba a una relación más superficial con la música, a alcanzar un nivel de mínima cultura general de salón.

El público que viene a escucharme está realmente interesado. Incluso algunos se enojan cuando apagamos las luces porque no pueden tomar nota. En las clases siempre digo en broma: acuérdense de este término, así después lo repiten en las reuniones paquetas.

Lo suyo es acercar la música clásica a todo público. ¿Qué opina de otros intentos de unir lo clásico y lo pop, como los discos de Andrea Bocelli, Alejandro Safina, Sarah Brightman?

Mmmm... no estoy de acuerdo. Me preocupa la calidad interpretativa y que no se desfigure el mensaje. La peor de todas era Nana Mouskouri, ¿se acuerda? Vendió millones de placas en las que destruía obras clásicas maravillosas cambiándoles la letra, deformándolas totalmente. También se pueden hacer recreaciones dignas, hasta excelentes. Por ejemplo, Bach fue recreado con mucha calidad por bandas de jazz, como el Modern Jazz Quartet, incluso por bandas de rock sinfónico.

¿Le gusta el rock?

Algunas cosas me gustan, los Beatles, por ejemplo, son clásicos, porque lo clásico es lo que da clase, lo que es ejemplar. Justamente en El paraíso vamos a comenzar una sección en la que vamos a comparar obras clásicas con temas de rock. Vamos a empezar con U2. También me gusta mucho lo que hacía Rick Wakeman.

¿Y la comedia musical le gusta? Algunos puristas de la ópera no la aceptan.

¡Me fascina! Incluso hemos pasado muchas en la radio. Ojo, a veces se la subestima, pero es una forma musical complicada que requiere una gran interpretación, orquestas completas y una gran puesta. Hay grandes obras como Cats, El fantasma de la ópera, Los miserables. Hay cantantes notables instalados en la comedia musical, como Kiri Te Kanawa. También la opereta es fabulosa.

El año pasado, cuando se dio en el Colón La viuda alegre, hubo de parte de los críticos una opinión favorable que fue casi una reivindicación de un género muy menospreciado.

Claro, el género musical es fantástico, pero hay que hacerlo con altura. Por ejemplo, para hacer una zarzuela, no alcanza con ponerse un peinetón, hay toda una técnica que se debe manejar muy bien.

En general, los secretarios de Cultura de la Ciudad y de la Nación de los últimos años han apelado a los conciertos al aire libre y a llevar grupos de rock al Colón como formas de unir lo popular y lo clásico. ¿Está de acuerdo?

No, para mí es una disfunción. Está muy bien que bajen los precios, ojalá se pudieran hacer todas las funciones gratis, pero ofreciendo lo que el Colón puede ofrecer, sin desvirtuar el mensaje. Mezclar un mal cantor de rock con una orquesta sinfónica no da buenos resultados.

¿Estuvo en el concierto que dio este año Gustavo Cerati en el Colón?

Sí, y los que estuvimos allí notamos que no se cumplió el objetivo. Hubo un público que disfrutó de la primera parte sinfónica del espectáculo y otro grupo que no lo entendió. Las dos aguas nunca se juntaron, por lo tanto no sirvió. Que se convoque a otro tipo de público, que conozcan el edificio, me parece bárbaro, pero que hagan un recorrido turístico con una guía. Cada música tiene su ámbito. Hacer un Mozart, un Rachmaninov o un Richard Strauss al aire libre me parece un despropósito: los músicos sufren, no hay acústica, los sonidos se dispersan, hay que amplificar y surgen distorsiones. Pero esta moda no es sólo de Argentina, pasa en todo el mundo. Yo no quiero sacralizar el teatro, pero sí usarlo para el fin que tiene.

O sea que los gobiernos nos venden la ilusión de que participamos de la música clásica sin participar realmente.

Exactamente. Yo estoy a favor de popularizar la música, sin vulgarizarla, sin nivelar para abajo. Por ejemplo, si escuchamos en una clase el Titán de Mahler, primero les marco lo más obvio, qué hace cada instrumento. Pero después pasamos a un nivel de análisis más fino, que tiene que ver con los significados. Eso no es nivelar hacia abajo, sino bajar los conocimientos a la gente para que después cada uno pueda hacer su propia reelaboración.

¿Por qué el público en general no entiende y no se engancha con la música clásica del siglo XX? ¿Por qué está tan distanciado el gusto de la gente con las expresiones musicales de su época?

Todas las generaciones han apreciado en general la música de su tiempo, aunque siempre han aparecido algunos productos que en su momento fueron repudiados. Pero el pasado siglo XX tiene una característica única, que es la amplia gama de recursos que se dieron dentro de la música. Encontramos un Rachmaninov, cuya música es neorromántica, al lado de otro ruso, Igor Stravinsky, con una propuesta totalmente renovadora, junto a un Ravel, un Ottorino Respighi o un Lutoslawsky. Están todas las tendencias y estilos en forma contemporánea. El siglo XX no tuvo la unidad estilística que existió en otros períodos, como el clasicismo o el romanticismo. Este siglo ofreció una gama inmensa de posibilidades que el público recibió muy ávidamente hasta aproximadamente los años 40. Luego hubo un distanciamiento: el público y los compositores comenzaron a darse la espalda.

Pareciera que muchos músicos hoy componen sólo para otros músicos o para los críticos.

Exactamente. Siempre hubo compositores que se dirigieron más a lo cerebral, pero el público con los cambios del siglo buscaba algo más emocional. Porque la música en definitiva es energía que emociona. Por eso, lo más importante para escuchar música es la sensibilidad. No importa que uno reconozca el estilo o el género, lo primero es sensibilizarse, emocionarse.

¿Entonces es más importante la sensibilidad que el oído para apreciar la música?

En la apreciación musical el oído, el saber reconocer las notas, no influye para nada. Lo fundamental es la sensibilidad, que la música te haga reaccionar, lo demás viene solo.

LO MÍNIMO PARA EMPEZAR

BACH:
Magnificat / Cantatas 63 y 65

BEETHOVEN:
Sinfonías Nº 5 y Nº 6

MOZART:
Concierto para clarinete /
Concierto para flauta, arpa y orquesta

TCHAIKOVSKY:
Concierto para piano Nº 1

VERDI:
La Traviata

VIVALDI:
Las cuatro estaciones / La tempestá di mare / Il piacere

BRAHMS:
Quinteto para clarinete y cuerdas / Quinteto para piano y cuerdas / Quintetos para cuerdas

DEBUSSY:
Preludio a La siesta de un fauno / Fiestas (de Nocturnos)

RAVEL:
Alborada del gracioso

BARTÓK:
Escenas húngaras

WEBERN:
Concerto

STRAVINSKY:
Petrouchka

BRUCH:
Concierto para violín Nº 1

MENDELSSOHN:
Concierto para violín op. 64

RACHMANINOV:
Concierto para piano Nº 3

WAGNER:
Obertura de Tannhäuser / Idilio de Sigfrido / Preludio y Muerte de amor de Tristán e Isolda.

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