En
2001 reunió 55 mil personas entre cursos
y clases públicas sobre música
clásica, y este año, pese a la
crisis, va a superar largamente esa cantidad.
Mezcla de Columbo y Woody Allen, algo torpe
y bizarro, inseguro sin remedio («¿los
estoy aburriendo?», pregunta a cada rato),
se define como un difusor de profesión
y deslumbra a sus seguidores.
En estos tiempos de crisis, Marcelo Arce es
una pyme que funciona. Y no vende soluciones
para salir del corralito, ni dólares
baratos, ni siquiera vende música. Lo
que él ofrece es simplemente su entusiasmo
por cierta música y ciertos músicos:
Beethoven, Mahler, Callas, Verdi, Puccini, Gershwin,
Mozart, Piazzolla son algunos de sus amados,
que él, como un médium, acerca
al público. Sólo en 2001 fueron
alrededor de 55 mil personas las que asistieron
a sus numerosos cursos y clases públicas.
Y este año la debacle argentina no pudo
con él; aunque su programa radial El
paraíso, que emite los domingos Radio
Del Plata, se redujo de doce a cuatro horas,
el público de sus cursos no sólo
no disminuyó sino que aumentó.
Prueba de ello es su agenda totalmente cargada
de «funciones» tanto en Capital
como en el interior.
El artífice de este fenómeno
de entusiasmo por la música clásica
es un hombre de mediana edad que viste trajes
anacrónicos y corbatas chillonas. Un
antihéroe, mezcla de Columbo y Woody
Allen, que tartamudea al hablar, que dice ser
uno más de los que no saben música
(como su público), que tropieza con los
cables en la mitad de la función cortando
el sonido y que es capaz de repetir incansablemente
frente a un teatro lleno de gente que pagó
una entrada sólo por escucharlo: «¿Los
estoy aburriendo? ¿No se enojan si sigo
un poquito más?».
Sin embargo, igual que Columbo, cuando todo
el mundo se relaja y sonríe condescendiente
frente a este personaje algo bizarro y torpe,
suenan los primeros acordes y Arce comienza
a desplegar una red que atrapa hasta al más
renuente de los espectadores. Canta, baila,
mueve los brazos como un director de orquesta,
cuenta anécdotas jugosas de los músicos,
brinda información de todo tipo, hace
chistes y, fundamentalmente, saca a relucir
toda su pasión, como ya se dijo, su mercadería
más valiosa.
Este show lo viene repitiendo desde el año
75, cuando era un estudiante de Derecho de la
UBA y empezó a dar clases de apreciación
musical en la facultad. De abogado no se recibiría,
pero nunca abandonó la música.
Entre sus seguidores, hay algunos que se consideran
fans y que lo siguen a todos lados como los
ricoteros a los Redondos. Son, en su mayoría,
gente de entre 40 y 60 años, de la otrora
numerosa clase media con aspiraciones intelectuales.
En la puerta del Teatro Avenida, media hora
antes de que comience la clase sobre la Tercera
sinfonía de Beethoven, la cola para sacar
las entradas es de media cuadra, aunque la noche
es fría y llovizna. Ningún tapado
de piel entre la concurrencia, más bien
se asemeja a una reunión de vecinos caceroleros.
La divulgación cultural, que
estuvo tan de moda en los 70, fue decayendo
hasta que prácticamente desapareció.
La cantidad de público que lo sigue,
¿marca un retorno a la idea de divulgación?
Es cierto que la idea de divulgación
popular de la cultura se perdió totalmente.
Pero yo noto en la gente un apetito impresionante.
Ojo, no ocurre sólo conmigo, sé
que también hay muchísima gente
en cursos de otras ramas del arte.
Es curioso que, cuando a otras empresas les
cuesta vender un lápiz, haya tantas personas
con ganas de consumir cultura.
Creo que la gente busca huir de la realidad
cotidiana y refugiarse en lo espiritual. Los
argentinos están tan castigados que sienten
que se merecen esa satisfacción, ese
placer que da el arte. Fíjese en la exposición
de los grabados de Rembrandt en el Museo de
Bellas Artes, fueron más de 100.000 personas.
¿Está superado el prejuicio
de que la música clásica es sólo
para unos pocos?
Cuando yo empecé era un prejuicio muy
presente. Pero ahora ya está instalado
el concepto de que la música es para
todos. Hoy estamos en la etapa de la selección,
de saber discernir, poder elegir la mejor interpretación,
el mejor soporte técnico. Tenemos la
suerte que otras generaciones no tuvieron, de
que hoy exista una gran competitividad artística
en los intérpretes y soportes técnicos
muy fuertes. Verdi, Puccini o Wagner estarían
fascinados si pudieran ver sus óperas
en DVD.
¿La radio es el medio ideal
para popularizar la música clásica?
Yo me considero básicamente un difusor
de música, ésa es mi profesión,
y para mi tarea la radio es lo más importante.
Durante nueve años tuve en Radio Del
Plata el programa Opus 1030, que si bien tenía
un esquema bastante clásico fue llegando
al público. Y el gran cambio se dio el
año pasado con El paraíso, fue
una apertura impresionante a otra clase de oyentes.
Al no ser el típico programa serio de
música clásica, e incluir juegos,
enigmas, anécdotas y reportajes, enganchó
a todo tipo de público. El mérito
no es sólo mío, sino de toda la
producción y de Martha Versace, que me
acompaña al aire.
Hay gente que opina que no se puede enseñar
a escuchar música, porque la pasión
y la sensibilidad no se pueden transmitir.
Hay mucha gente que no aprecia lo que hacemos,
por supuesto. Algunos se molestan porque yo
voy hablando sobre la música, v oy
marcando cada instrumento, cada tema, voy contando
el significado de cada parte. Seguramente muchos
desearían que me trague el escenario.
Pero creo que contar con más información,
con más elementos, ayuda a apreciar mejor
una obra. Y otra regla básica para aprender
a escuchar es hacerlo muchas veces, repetir,
repetir, repetir. Empezar escuchando pocas cosas
pero muchas veces, para ir internalizándolas.
Por supuesto, esto está dirigido a los
que no sabemos música, el erudito no
va a encontrar nada nuevo en mis clases, no
están pensadas para él.
¿Qué va a buscar el público
a sus clases?
Dos cosas. En primer lugar, información.
Muchos toman nota, quieren conocer los significados
de cada parte de la obra, les interesan las
anécdotas sobre los músicos y
el contexto histórico. Y la segunda cosa
que buscan es la emoción, encontrarse
con la emoción de la música. A
veces no necesito decir nada, la música
lo va haciendo todo, es increíble. Muchos
terminan llorando. Y en otro momento, pasan
a reírse a carcajadas con alguna anécdota
de Beethoven, por ejemplo.
Sus clases parecen muy sanguíneas, nada
que ver con la idea clásica de la divulgación,
que apuntaba a una relación más
superficial con la música, a alcanzar
un nivel de mínima cultura general de
salón.
El público que viene a escucharme está
realmente interesado. Incluso algunos se enojan
cuando apagamos las luces porque no pueden tomar
nota. En las clases siempre digo en broma: acuérdense
de este término, así después
lo repiten en las reuniones paquetas.
Lo suyo es acercar la música
clásica a todo público. ¿Qué
opina de otros intentos de unir lo clásico
y lo pop, como los discos de Andrea Bocelli,
Alejandro Safina, Sarah Brightman?
Mmmm... no estoy de acuerdo. Me preocupa la
calidad interpretativa y que no se desfigure
el mensaje. La peor de todas era Nana Mouskouri,
¿se acuerda? Vendió millones de
placas en las que destruía obras clásicas
maravillosas cambiándoles la letra, deformándolas
totalmente. También se pueden hacer recreaciones
dignas, hasta excelentes. Por ejemplo, Bach
fue recreado con mucha calidad por bandas de
jazz, como el Modern Jazz Quartet, incluso por
bandas de rock sinfónico.
¿Le gusta el rock?
Algunas cosas me gustan, los Beatles, por ejemplo,
son clásicos, porque lo clásico
es lo que da clase, lo que es ejemplar. Justamente
en El paraíso vamos a comenzar una sección
en la que vamos a comparar obras clásicas
con temas de rock. Vamos a empezar con U2. También
me gusta mucho lo que hacía Rick Wakeman.
¿Y la comedia musical le gusta?
Algunos puristas de la ópera no la aceptan.
¡Me fascina! Incluso hemos pasado muchas
en la radio. Ojo, a veces se la subestima, pero
es una forma musical complicada que requiere
una gran interpretación, orquestas completas
y una gran puesta. Hay grandes obras como Cats,
El fantasma de la ópera, Los miserables.
Hay cantantes notables instalados en la comedia
musical, como Kiri Te Kanawa. También
la opereta es fabulosa.
El año pasado, cuando se dio en el Colón
La viuda alegre, hubo de parte de los críticos
una opinión favorable que fue casi una
reivindicación de un género muy
menospreciado.
Claro, el género musical es fantástico,
pero hay que hacerlo con altura. Por ejemplo,
para hacer una zarzuela, no alcanza con ponerse
un peinetón, hay toda una técnica
que se debe manejar muy bien.
En general, los secretarios de Cultura
de la Ciudad y de la Nación de los últimos
años han apelado a los conciertos al
aire libre y a llevar grupos de rock al Colón
como formas de unir lo popular y lo clásico.
¿Está de acuerdo?
No, para mí es una disfunción.
Está muy bien que bajen los precios,
ojalá se pudieran hacer todas las funciones
gratis, pero ofreciendo lo que el Colón
puede ofrecer, sin desvirtuar el mensaje. Mezclar
un mal cantor de rock con una orquesta sinfónica
no da buenos resultados.
¿Estuvo en el concierto que
dio este año Gustavo Cerati en el Colón?
Sí, y los que estuvimos allí
notamos que no se cumplió el objetivo.
Hubo un público que disfrutó de
la primera parte sinfónica del espectáculo
y otro grupo que no lo entendió. Las
dos aguas nunca se juntaron, por lo tanto no
sirvió. Que se convoque a otro tipo de
público, que conozcan el edificio, me
parece bárbaro, pero que hagan un recorrido
turístico con una guía. Cada
música tiene su ámbito. Hacer
un Mozart, un Rachmaninov o un Richard Strauss
al aire libre me parece un despropósito:
los músicos sufren, no hay acústica,
los sonidos se dispersan, hay que amplificar
y surgen distorsiones. Pero esta moda no es
sólo de Argentina, pasa en todo el mundo.
Yo no quiero sacralizar el teatro, pero sí
usarlo para el fin que tiene.
O sea que los gobiernos nos venden
la ilusión de que participamos de la
música clásica sin participar
realmente.
Exactamente. Yo estoy a favor de popularizar
la música, sin vulgarizarla, sin nivelar
para abajo. Por ejemplo, si escuchamos en una
clase el Titán de Mahler, primero les
marco lo más obvio, qué hace cada
instrumento. Pero después pasamos a un
nivel de análisis más fino, que
tiene que ver con los significados. Eso no es
nivelar hacia abajo, sino bajar los conocimientos
a la gente para que después cada uno
pueda hacer su propia reelaboración.
¿Por qué el público
en general no entiende y no se engancha con
la música clásica del siglo XX?
¿Por qué está tan distanciado
el gusto de la gente con las expresiones musicales
de su época?
Todas las generaciones han apreciado en general
la música de su tiempo, aunque siempre
han aparecido algunos productos que en su momento
fueron repudiados. Pero el pasado siglo XX tiene
una característica única, que
es la amplia gama de recursos que se dieron
dentro de la música. Encontramos un Rachmaninov,
cuya música es neorromántica,
al lado de otro ruso, Igor Stravinsky, con una
propuesta totalmente renovadora, junto a un
Ravel, un Ottorino Respighi o un Lutoslawsky.
Están todas las tendencias y estilos
en forma contemporánea. El siglo XX no
tuvo la unidad estilística que existió
en otros períodos, como el clasicismo
o el romanticismo. Este siglo ofreció
una gama inmensa de posibilidades que el público
recibió muy ávidamente hasta aproximadamente
los años 40. Luego hubo un distanciamiento:
el público y los compositores comenzaron
a darse la espalda.
Pareciera que muchos músicos
hoy componen sólo para otros músicos
o para los críticos.
Exactamente. Siempre hubo compositores que
se dirigieron más a lo cerebral, pero
el público con los cambios del siglo
buscaba algo más emocional. Porque la
música en definitiva es energía
que emociona. Por eso, lo más importante
para escuchar música es la sensibilidad.
No importa que uno reconozca el estilo o el
género, lo primero es sensibilizarse,
emocionarse.
¿Entonces es más importante
la sensibilidad que el oído para apreciar
la música?
En la apreciación musical el oído,
el saber reconocer las notas, no influye para
nada. Lo fundamental es la sensibilidad, que
la música te haga reaccionar, lo demás
viene solo. |