H O M E

Diario La Nación del 28 de abril de 2000
Sección "Última Página"

Por Jorge Luis Fernández
Foto: Miguel Acevedo

 
Marcelo Arce: clases de apreciación musical con algo de aerobics. 

Música, maestro
Así como muchos se conforman con pensar que sobre gustos no hay nada escrito, para otros, la música clásica sigue siendo un problema: necesita explicarse porque, como cierta literatura erudita, no es accesible. Es debido a esta creencia que surgen médiums como Marcelo Arce, experto en el oficio de destapar cañerías auditivas. "La gente cree que todo lo que no puede seguirse con la cabeza está fuera de su alcance -argumenta-. Pero yo me propongo acercarle herramientas para que entienda todo tipo de música y reconozca estilos, formas e instrumentos."

A sala llena, ya sea en el Auditorio Belgrano, en el Centro Cultural Borges o en el San Martín, el público espera a Arce con la misma ansiedad que a la Filarmónica de Londres. Pero es el musicólogo, con su reproductor de CD a cuestas, el que se acerca para dirigir una inexistente orquesta. "Las cuerdas, arriba; allí, los vientos" , dice moviendo los brazos al compás de la música, cada vez más excitado. Eventualmente, también simula tocar el piano. "¡Las cuerdas se cruzan con las voces..! ¡Arriba los solistas, y abajo los cellos!", continúa arengando como un entrenador de aerobics.

A los saltos
Cuando termina la pieza, el auditorio, que posiblemente se perdió en los primeros compases, premia al instructor con un efusivo aplauso. "¿No les gustó, chicos? -pregunta, interrumpiendo el CD a cada rato- ¿No se habrán quedado dormidos?" Y todos niegan con lealtad, como un alumnado temeroso de ser amonestado.
"Quiero que reaccionen -explica Arce con la misma efusividad que arriba del escenario-. A veces, paso un fragmento con mucha fuerza, y salto, transpiro. Es una cosa tremenda. ¡Si yo fuera ellos, estaría saltando también!"

Su repertorio incluye a compositores tan variados como Mozart, Beethoven o Schoenberg. Aunque la erudición de Arce es amplia, y bien podria presentarse a un concurso televisivo, por supuesto que no es el primero ni el único en dar clases de apreciación musical. Veinte anos atrás, el crítico Juan Carlos Montero (hoy director del Teatro Colón) realizaba reuniones similares reproduciendo zarzuelas y óperas en el Rosedal de Palermo y el Parque Centenario, para un público de seis mil personas que llegaba a aplaudir a los cantantes. Luego, esta tendencia fue continuada por Abel López Iturbe, Pablo Kohan y Pablo Luis Bardin.

Na-na-na y po-po-po
Pero las histriónicas lecciones de Arce, que a menudo pueden llegar a entorpecer la misma apreciación, escapan a cualquier norma. "Siempre dialogo con el público -afirma-. Aunque sean dos mil personas, la comunicación es el objetivo real" , agrega, y pasa a explicar su anticonvencional método. "A veces los hago cantar para que encuentren la melodía. El oboe es como un pato: hace na- na-na. El fagot hace po-po-po, el clarinete, tu-tu-tu, y el corno es como un lobizón. No se necesita conocer música. La gran receta es escuchar, y luego, repetir un mismo fragmento."

Pese a todo, sus competidores lo respetan como a un fenómeno, dada la innata habilidad del musicólogo para conseguir auspiciantes y grandes salas para sus fieles. Cerca de 60.000 personas -asegura- asistieron a sus cursos durante el año último. Y en la Catedral Metropolitana llegó a juntar a tres mil personas para analizar Oda a la Alegria, un favorito de su auditorio. "Hace poco, una señora gritó a viva voz que me seguía desde hace 17 años. Y yo le pregunté, "Tan mal explico?" , cuenta Arce en su característico tono borgeano. "Nada es mérito mío, sino de la obra. Porque puedo no saber; de hecho, sé que no sé mucho. Y cada vez que termino una charla me queda la sensación de que algo faltó."

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