Música,
maestro
Así como muchos se conforman con pensar
que sobre gustos no hay nada escrito, para otros,
la música clásica sigue siendo
un problema: necesita explicarse porque, como
cierta literatura erudita, no es accesible.
Es debido a esta creencia que surgen médiums
como Marcelo Arce, experto en el oficio de destapar
cañerías auditivas. "La gente
cree que todo lo que no puede seguirse con la
cabeza está fuera de su alcance -argumenta-.
Pero yo me propongo acercarle herramientas para
que entienda todo tipo de música y reconozca
estilos, formas e instrumentos."
A sala llena, ya sea en el Auditorio Belgrano,
en el Centro Cultural Borges o en el San Martín,
el público espera a Arce con la misma
ansiedad que a la Filarmónica de Londres.
Pero es el musicólogo, con su reproductor
de CD a cuestas, el que se acerca para dirigir
una inexistente orquesta. "Las cuerdas,
arriba; allí, los vientos" , dice
moviendo los brazos al compás de la música,
cada vez más excitado. Eventualmente,
también simula tocar el piano. "¡Las
cuerdas se cruzan con las voces..! ¡Arriba
los solistas, y abajo los cellos!", continúa
arengando como un entrenador de aerobics.
A los saltos
Cuando termina la pieza, el auditorio, que posiblemente
se perdió en los primeros compases, premia
al instructor con un efusivo aplauso. "¿No
les gustó, chicos? -pregunta, interrumpiendo
el CD a cada rato- ¿No se habrán
quedado dormidos?" Y todos niegan con lealtad,
como un alumnado temeroso de ser amonestado.
"Quiero que reaccionen -explica Arce con
la misma efusividad que arriba del escenario-.
A veces, paso un fragmento con mucha fuerza,
y salto, transpiro. Es una cosa tremenda. ¡Si
yo fuera ellos, estaría saltando también!"
Su repertorio incluye a compositores tan variados
como Mozart, Beethoven o Schoenberg. Aunque
la erudición de Arce es amplia, y bien
podria presentarse a un concurso televisivo,
por supuesto que no es el primero ni el único
en dar clases de apreciación musical.
Veinte anos atrás, el crítico
Juan Carlos Montero (hoy director del Teatro
Colón) realizaba reuniones similares
reproduciendo zarzuelas y óperas en el
Rosedal de Palermo y el Parque Centenario, para
un público de seis mil personas que llegaba
a aplaudir a los cantantes. Luego, esta tendencia
fue continuada por Abel López Iturbe,
Pablo Kohan y Pablo Luis Bardin.
Na-na-na y
po-po-po
Pero las histriónicas lecciones de Arce,
que a menudo pueden llegar a entorpecer la misma
apreciación, escapan a cualquier norma.
"Siempre dialogo con el público
-afirma-. Aunque sean dos mil personas, la comunicación
es el objetivo real" , agrega, y pasa a
explicar su anticonvencional método.
"A veces los hago cantar para que encuentren
la melodía. El oboe es como un pato:
hace na- na-na. El fagot hace po-po-po, el clarinete,
tu-tu-tu, y el corno es como un lobizón.
No se necesita conocer música. La gran
receta es escuchar, y luego, repetir un mismo
fragmento."
Pese a todo, sus competidores lo respetan como
a un fenómeno, dada la innata habilidad
del musicólogo para conseguir auspiciantes
y grandes salas para sus fieles. Cerca de 60.000
personas -asegura- asistieron a sus cursos durante
el año último. Y en la Catedral
Metropolitana llegó a juntar a tres mil
personas para analizar Oda a la Alegria, un
favorito de su auditorio. "Hace poco, una
señora gritó a viva voz que me
seguía desde hace 17 años. Y yo
le pregunté, "Tan mal explico?"
, cuenta Arce en su característico tono
borgeano. "Nada es mérito mío,
sino de la obra. Porque puedo no saber; de hecho,
sé que no sé mucho. Y cada vez
que termino una charla me queda la sensación
de que algo faltó."
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