Ocurre
con casi todas las cosas. La mayoría
de la gente que rechaza la música clásica,
en realidad, no la entiende. O no quiere tomarse
el trabajo de digerirla. Para eso hay dos remedios,
que pueden ser complementarios:
1) Prestarle
a la obra en cuestión algunos minutos
más de atención que los que requiere
cualquier hit de FM.
2) Ir
a ver a Marcelo Arce, que desde hace 26 años
no se cansa de dejar a audiencias de miles de
nuevos oyentes con la boca abierta.
«Mis
espectáculos no son para eruditos. Yo
me dirijo al ama de casa, a los chicos, al profesional
o a los trabajadores en general, y les hago
ampliar el campo auditivo», dice Arce.
Arce no
toca. Escucha con su público y enseña
a escuchar. Pone una obra y se mueve como loco
arriba del escenario. Más histriónico
que un director de orquesta, da entrada a cada
sección de instrumentos. Habla, anuncia
lo que va a venir. El público lo sigue
con atención. El showman corta la música
y cuenta una anécdota sobre el compositor.
Y así la va llevando, marca el ritmo,
golpea, hace cantar.
El
método de Arce, cuya marca registrada
es «Apreciación musical»,
surgió cuando estudiaba Derecho. Las
autoridades se preguntaban por qué los
alumnos no iban a los conciertos que organizaba
la facultad. Arce, quien para esa altura ya
sabía composición musical, les
dio la respuesta: «Yo soy como el ingeniero
que arma un coche. Al saber cómo se arma
lo puedo desarmar. La idea es desmenuzar la
obra para que se entienda». Y empezó
con lo suyo.
Agenda
movida. Desde marzo, el último martes
de cada mes se presentará en el Teatro
Avenida con el ciclo «Las 9 Sinfonías
de Beethoven». Antes se lo podrá
ver en la Manzana de las Luces, mañana
a las 19.30, con un video de Tosca. El 21 de
febrero será el turno del piano, con
«De Mozart a Rachmaninov», y el
28 lo dedicará al jazz.
En su
currículum, que él prefiere llamar
«ridículum» -por su postura
contra la erudición- figuran actuaciones
en el exterior como la de «Tangazo y estancia»,
espectáculo con el que enseñó
Piazzolla y Ginastera en la Universidad de Viena.
De acá
recuerda las 3.500 personas que convocó
en la Catedral, en 1999, con la «Oda a
la Alegría», o las 4.000 que se
congregaron en las barrancas de San Isidro para
compartir las Cuatro Estaciones de Vivaldi.
Sin embargo, se queja. Le acaban de levantar
su programa de los sábados en Radio del
Plata. Sigue, sí, todos los días
en América y los jueves en Clásica.
El rito.
El objetivo de Arce es «hacer ver la música».
No sólo lo logra, sino que a veces, sin
quererlo, su función es terapéutica.
«La gente viene en busca de algo que compense
su espíritu, sobre todo en estos tiempos
de crisis». Y se entusiasma: «A
veces en la sala hay un silencio tan grande
-con un sonido tan pequeño que emociona-
que uno piensa: o se han muerto todos o me he
muerto yo».
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