El último
fin de semana, el Casino Magic, tuvo dos
noches de lujo con la música clásica.
También estuvo presente el maestro
Marcelo Arce.
Fue una noche de esas en las que se presentan
oportunidades que no hay que dejar pasar. Tal como
ocurrió en la Sala Rainbow del Casino Magic
con las dos funciones de “Don Juan” de
Wolfgang Amadeus Mozart, interpretada por la Orquesta
Sinfónica de Neuquén, bajo la dirección
del maestro Andrés Tolcachir, el bajo continuo
de César Tello y con los aportes vocales
de siete miembros de la Buenos Aires Lírica.
Con
una escenografía escasa (tan sólo
se valieron de unos paneles), los artistas
supieron imprimirle un toque personal a la
pieza durante más de tres horas, donde
el público, a pesar de que se notaron
algunos “cabeceos”, escuchó atentamente
cada uno de los acordes.
Si hay algo que se debe destacar fue la presencia
de Marcelo Arce quien, realizó una breve
introducción a la obra, explicando el
contexto en el que Mozart la había escrito
y los motivos de su realización, quien
era este “Don Juan o Don Giovanni, y
porqué la composición tenía
esa estructura.
La Orquesta, como siempre, estuvo
perfecta y sorprendió a más de uno por
su entrega y constancia a lo largo de toda
la velada. Por su parte, Tolcachir se compenetraba
con la música y uno podía adivinar
lo que sentía c tan sólo con
ver como movía su cuerpo y brazos.
La
vestimenta de los cantantes fue bastante particular.
Las mujeres estaban “sumergidas” en
escotados trajes de época, mientras
que los hombres, tenían ropa mucho más
simple. El personaje de Donna Anna, la hija
del Commendatore, fue el único en cambiar
de vestuario, pero siempre en la misma tonalidad,
acorde a su condición de viuda.
Para
menguar un tanto el cansancio de los espectadores,
Arce invitó en el intervalo
a tomar una copa de vino, la bebida favorita
del personaje central.
Una mención aparte merece el papel
entregado junto a la programación. En él,
se advertía la posibilidad de que el
subtitulado podría desaparecer por las
características de la sala. Hecho que,
más allá de la dificultad para
algunos para leerlo por el tamaño de
sus letras, no se produjo.
Cuando concluyó la ópera, el
público respondió con un fuerte
aplauso, que no pudo callar los debates sobre
quién había sido el mejor cantante.
A la salida, como si se tratara de la final
de un programa televisivo, el primer puesto
se ceñía sobre el sirviente Leporello
y la campesina Zerlina.
A modo de conclusión, se puede afirmar
que el concierto tiró bajo tierra todo
aquel prejuicio que sentencia que este género
sólo puede ser apreciado en un teatro
con una estructura importante. Tan sólo
hay que saber ajustar los oídos, y mientras
haya una entrega total por parte de los artistas,
todo el resto es sólo decorado. (P.F.)
|