Marcelo
Arce nació en la Capital Federal
pero no se identifica con ningún barrio.
Esa sensación de pertenencia que tienen
muchos no se da en su caso, tal vez porque estuvo
mudándose constantemente: vivió
en Caballito, en el centro, en el norte, afuera,
en el campo. «No tengo alma de barrio»,
nos dirá, testificando que nunca se sintió
arraigado a un lugar ni cosechó amistades
entre sus vecinos. Tuvo una niñez muy
activa y ese trajín prosigue, teniendo
en Elba, su mujer, una fiel escolta.
Idilio de Sigfrido, de Wagner, fue la obra que
propició su entrega a la música.
Ese idilio que narra, esa cosa espiritual entre
la madre y el hijo, le cambió la vida
y lo llevó a des cubrir
esa pasión. Pero su compositor favorito
es Ludwig van Beethoven. Es aquel a quien considera
que no debe faltar en todo hogar. Aunque le
cuesta escoger un solo compositor, y por eso
destaca entre otros a Mahler, Shostakovich,
Ginastera.
Alguien que no es amante
de la música clásica o no conoce
mucho de ella, ¿tiene que ir predispuesto
de alguna manera a sus clases?
No. Insisto en que tiene que ir dispuesto a
escuchar música, y pensando que no tiene
que saber técnica. Y que no va a encontrarse
con algo aburrido, con algo que lo va a dormir.
Me preocupa qué tiene que hacer la gente
para no tenerle miedo a la música clásica.
Que no tenga el tabú de que es música
para pocos. Hay que descorrer ese velo de que
es música para entendidos. Basta con
que se disponga a escuchar, nada más.
Cinco minutos, no más, que empiece por
un Mozart, por un von Weber, Chopin, y en lo
posible buenos intérpretes. Y que se
deje llevar, que todo lo va a ir encontrando
solo, con tiempo, sin problemas, repitiendo:
poca música muchas veces.
«Clásico
es todo: un partido de Boca-River, Beatles.
Clásico es lo que da clase, lo que sirve
de ejemplo para dar clase, en cualquier rama
y cualquier arte. Lo que hay son distintos estilos.
Y el período que más estilo generó
es el pasado siglo XX.»
- ¿Por
qué cree que se perdió la popularidad
que tenía en otra época la música
clásica?
Recordemos que por ejemplo cuando Händel
presenta «Música para los reales
fuegos de artificio», en 1749, la convocatoria
fue tal que hubo embotellamientos en el Puente
de Londres, semejantes a los de un Buenos Aires
Vivo hoy día. Hoy quizás los jóvenes
no son atraídos por la música
clásica y no hay tanta popularidad como
en épocas pasadas.
En mis clases yo veo mucha gente joven. En música
sinfónica, en ópera, pero también
en música del siglo XX, que atrae mucho
a los jóvenes. Tal vez haya que ver a
qué tipo de juventud nos referimos. Porque
es verdad, no es un festival de rock. La música
clásica no tiene el mismo atractivo.
Pero creo que eso se debe a un problema sólo
de difusión: es un tema de popularización,
que únicamente se da a través
de la difusión.
-¿Podría
dar una clase de algún autor o compositor
que no le gustara?
Yo trato de dar todo.
Cuando se trata de un temario que tengo que
comentar, y hacer comparaciones y buscar puntos
de referencia, el material que doy lo tengo
que dar todo, me guste o no. Por información,
por hacerle ver al público incluso lo
bueno o lo malo, lo profundo o lo superficial
de una obra, aún cuando esté lejos
de mi interés o de mi gusto.
Si se trata de armar una obra para dar una clase
en el teatro, no. Yo doy la obra que estoy seguro
aporta. Yo debo vivir la obra. Si no siento
pasión por la obra, podré explicarla,
pero digo: «esta obra no me gusta».
Es algo personal pero yo lo digo, no puedo ni
debo ocultarlo.
Además es amante
del jazz. «El jazz dio una gran cuota
de libertad mental a la música. Fue atreverse,
que la trompeta y el saxo llegaran a puntos
ilimitados, la orquesta arriesgarse, la armonía
arriesgada y nueva. Es libertad. En mucha medida
el jazz fue sinónimo de libertad.»
-¿Todo
el análisis que se puede hacer de las
obras está presente en la mente de los
compositores o surge después?
Está presente
desde el vamos. Porque la obra tiene pautas
que la rigen. Por empezar el compositor comienza
por el boceto, hace un plan de la obra. Entonces
define la forma de la obra. Supongamos que decida
hacer una sonata: hay una forma que le indica
cómo hacer una sonata, qué elementos
combinar. Hay una fórmula. Así
como para el carpintero combinar asiento, patas
y respaldo para lograr una silla. La fórmula
de la forma sonata le indica cómo combinar
los elementos para que al final se obtenga una
forma así, y tendríamos una obra
abstracta -sin ninguna intención extramusical
en principio.
Después está la otra posibilidad:
la obra programática, por ejemplo un
poema sinfónico, donde hay un texto,
una base, un programa, que le sirve d e
referencia, o de marco o pauta, que guía
la música del compositor. Así
que el compositor se tiene que atener a ese
programa
Si el programa le dicta tormenta, él
debe describir tormenta, si el programa le describe
amor, debe describir amor. Lo va volcando, su
música va surgiendo a partir de ese programa,
que puede ser creado por él o por otro.
Por ejemplo, en «Cuadros de una exposición»,
de Modest Mussorgski -cuyo original fue para
piano, y luego fue orquestada por Ravel en 1922-.
Es una obra donde cada número es una
suite descriptiva, es una serie de piezas que
va describiendo un cuadro o una maqueta, o un
boceto o alguno de los trabajos que dejó
Viktor Hartmann, un arquitecto amigo de Mussorgski
que fallece imprevistamente, joven. Se hace
una exposición retrospectiva y la música
describe lo que él ve.
-¿Pero
los compositores llegaban a imaginar todo lo
que se podía analizar de su obra?
Hay dos etapas. La
música fue muy lenta en materia científica.
Hay una etapa que llega hasta, yo diría,
mediados del siglo XIX, lo que también
incluye ya muerto a Beethoven. Hasta allí
los compositores hacían, componían,
generaban, inventaban y también motivaban.
Incluso creaban nuevos recursos para los instrumentos,
para la armonía, para todas las estructuras.
Pero hasta ahí no eran conscientes. No
decían «esto es tal cosa».
Beethoven inventa el famoso parapapá,
que es la célula temática de la
quinta sinfonía. Pero yo digo ahora célula
temática, él ni conocía
ese término.
El parapapá
son esas células generadoras, que si
uno sacude la quinta sinfonía caen por
todos lados. Una obra que llega a una dimensión
impresionante. Que incluso representa a la Tierra
(su primer movimiento fue colocado en el disco
de oro que contiene el Voyager II, que atraviesa
las galaxias).
Llegó luego la mitad del siglo XIX, con
compositores como Liszt, Berlioz, Wagner, más
hacia fin de siglo Verdi, que toman conciencia
de lo que están haciendo y saben en qué
se proyectan. Esto ya lo había anticipado
Beethoven en la 8ª sinfonía, una
sinfonía revisionista que, tal como él
lo dice, es una ventana al pasado y una puerta
al futuro. Él está mostrando perfectamente
que conoce lo que pasó y que conoce lo
que está haciendo.
Los compositores del siglo XX ya tienen un manejo
de recursos acumulados y símbolos que
maneja de manera significativa. Saben lo que
fue, saben lo que tienen, y es más, utilizan
recursos de uno u otro estilo, no importa cual
fuere mientras que sea útil. Generan
también nuevos recursos, pero ellos tienen
conciencia plena y científica.
Arce está en
contra de los conciertos al aire libre porque
van en contra de la acústica, y de la
obra en sí. «Incluso tienen un
propósito más político
que musical o artístico. No es lo mismo
hacer música clásica al aire libre
que en una sala. La acústica y la atención
del espectador es otra.»
Hay mucha gente que
dice que no entiende a los modernos. Incluso
de muchos autores contemporáneos se plantea
que son muy abstractos.
Bueno, es necesario
comprenderlos. Pero también comprender
que no todo el siglo XX es como algunos ejemplos
del siglo XX. No todo es Webern con lo magnífico
o lo malo que pueda ser su música según
se mire.
Nosotros comprobamos cómo la gente aprende
a apreciar la obra cuando la comprende. Yo doy
un curso de Siglo XX, hace ya varios años,
donde vamos recorriendo todos los estilos, todas
las corrientes y tendencias, y los movimientos
(son todos distintos aspectos), y pasamos por
todos los compositores. Cuando la gente descubre
el abanico de posibilidades que brinda el siglo
XX se fascina y le pierde el temor. Independientemente
de que después diga «ahora lo entiendo,
lo comprendo, lo aprecio, pero esto sigue sin
gustarme». O al contrario, esto ahora
me gusta. Me pasó con «Threno a
la memoria de las víctimas de Hiroshima»
de Krzysztof Penderecki, una obra tremenda,
desgarradora, donde las cuerdas hacen el grito,
el caos de lo que fue Hiroshima. Cuando uno
le va narrando a la gente cómo eso va
describiendo, en una primera audición
lo rechazan hasta físicamente. Y en la
segunda, cuando van comprendiendo, uno ve cómo
se quedan.
La primera reacción que uno debe tener
en cuenta para acercarse a la música
es lo que determina que sea uno sensible o no,
es que esa obra nos despierte un interés,
nos conmueva, nos provoque algo. Esa conmoción
nos motivará a buscar más elementos
para poder apreciarla.
-¿Se
sigue trabajando por encargo?
En algunos casos sí.
Las orquestas, incluso entidades y organizaciones
de aquí y en todo el mundo, encargan
obras. Claro que ya no se vive del encargo de
obras como en tiempos de Haydn o de Mozart.
Y según el caso llegan a encargarse obras
con una temática.
-¿Usted
está las 24 horas con la música?
Por suerte sí,
porque es mi pasión. Como digo muchas
veces, la música es energía. Para
mí es vida, es energía, y trato
de vivir de, por, para y con la música.
Por ahí lo hago mal, pero bueno, es así
como lo vivo.
¿Hay acaso un placer más grande
que escuchar y sentir que la música a
uno lo llena? Ese goce que no tiene ninguna
explicación, que es totalmente imponderable
pero que a uno lo rodea, lo envuelve, lo llena
y lo eleva; y lo puede deprimir, lo puede exaltar;
lo puede acompañar en el momento de la
meditación o de la fogosidad, en el tránsito,
en la vida cotidiana.
Esa energía, esa pasión, ese deleite
que transmite en la radio, en las clases, en
las charlas, en esta entrevista, es, según
su modo de ver las cosas, una virtud de la música.
«Y algo que también me alimenta
mucho y me fascina es la fidelidad del público.
Yo veo esas 1.500 personas en una sala y no
lo puedo creer».
EJERCICIO
«Usamos muy poco el campo auditivo; una
manera que yo tengo es por ejemplo focalizar
la audición. Los llevo a que escuchen
determinado instrumento. Por ejemplo, con «Bolero»
de Ravel apenas empieza la obra, los primeros
segundos los ubican todos, con el tambor, y
luego viene la flauta con la melodía.
Hasta ahí, conque escuchemos ese segmento
alcanza. Volvemos al principio y escuchamos
ahora atentamente, y únicamente, el tambor,
descartando la flauta, como si no existiese.
Como la obra empieza con el tambor solo, me
obsesiono y persigo al tambor. Focalizo mis
tímpanos, mi audición, en el tambor.
Luego hago al revés, pero siempre con
ese fragmento nada más, y escucho la
flauta. Y es más: cante el motivo, vaya
siguiéndolo, cantándolo. Luego
todo el fragmento. Por un canal escuche el tambor
y por el otro vaya cantando la melodía.
Y bueno, va a ver cómo poco a poco, si
a esa obra la va aprovechando, amplia el campo,
usa más el campo auditivo»
APUNTES DE
CLASE:
El escenario está dispuesto: sobre una
mesa cubierta por una tela roja hay una caja
negra que Arce usará como un mago, que
saca sonidos en lugar de palomas y pañuelos.
Más allá un piano de cola. No
parará de moverse (sobre todo sus manos),
dirigiendo como si el equipo fuese una orquesta
(y verdaderamente de lujo, ya que presenta las
mejores interpretaciones). E irá relatando
con éxtasis, como si fuera a estallar
en un gol.
Les habla a sus alumnos como si fuesen «chicos»
del secundario, que quieren escaparse de la
clase. Obviamente, ninguno lo hará hasta
que llegue el final, casi dos horas más
tarde.
«Cada vez que
subo al escenario no sé cómo agradecer,
lo digo sinceramente». Es que Arce tiene
seguidores incondicionales. Lo mismo puede decirse
de sus anónimos radioescuchas. Como cuando
a veces llega un llamado de un lugar lejano,
por ejemplo el de un señor que está
en un barco en Caleta Olivia y hace una crítica
de la obra que está escuchando. «La
fidelidad del público es algo que no
se paga con nada. No tiene precio; uno no se
da cuenta hasta que no lo vive.»
Su público coincide
en que el análisis de las obras resulta
sobresaliente.
Guillermo Ferrari, un asistente reiterado a
sus clases, señala que «no alcanza
toda la vida para escuchar a los buenos compositores».
Silvia de la Cruz asiste a sus clases desde
el ´97: «Marcelo Arce es un apasionado,
como yo». También concuerda con
que «no hace falta conocimiento previo,
sino amar la música y tener sensibilidad».
Hernán, destaca su capacidad de enfrentar
al público: «las clases son magníficas,
y muchas veces con temas muy difíciles».
Paola (22) asegura no saber mucho de música
clásica. Después de sus primeras
clases salió «volando a casa a
escuchar los compacts».
Todos, como él, aman la música.
El fin de la función nos deja a un Arce
exhausto, que pasará por los vestuarios
para recomponerse antes de retirarse de la sala.
Es que es muy exigente, también consigo.
Tanto que hasta tiene una línea para
informes (4635-1476)
IT’S
ONLY ROCK AND ROLL
Utiliza la versión de Emerson, Lake &
Palmer de «Cuadros de una exposición»
para llegar al público y mostrar cómo
una misma obra puede adquirir distintas versiones,
y ganar distintos aspectos a través de
las mismas.
Señala que a las obras de rock se les
puede hacer un análisis similar al de
la música clásica. E incluso demuestra
que hasta existe un paralelo entre una obra
del viejo rock de Bill Halley y el ritmo de
la cantata «Carmina Burana», de
Carl Orff. «Ese es uno de los
tantos puntos de contacto entre la música:
la música es una sola».
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