El
reconocido difusor cultural, creador del
ciclo La Clásica
Música, vivió un 2007 exitoso
que lo trajo a Santa Fe y lo puso en la luz
mediática. Show lo consultó sobre
la temporada que pasó y la que se viene
Ignacio
Andrés
Amarillo
show@unosantafe.com.ar
Marcelo
Arce cerró el pasado 21 de
noviembre su primera temporada en Santa Fe
del ciclo La Clásica Música,
con la promesa de retomarlo el año que
viene. Convertido en una figura a nivel nacional,
con sus ciclos en varias ciudades, su programa
de cable (que le ganó el premio Fund
TV a Algo Habrán Hecho, de la dupla
Pigna-Pergolini) y su colaboración mensual
en Lanata PM, en Radio Del Plata de Buenos
Aires.
Con la fatiga del 2007 pero con la satisfacción
del trabajo realizado, este particular divulgador
musical hizo su evaluación ante Show,
y anticipó algunas novedades para el
año que viene.
—¿Qué balance
hace de la experiencia en Santa Fe?
—Parafraseando piezas de uno de mis ídolos,
Carlos Guastavino, “Santa Fe antiguo” me
ha dejado tanto el “Bailecito” como
la “Cantilena Santa Fe para llorar”.
Intento decir que ha permitido las más
diversas e imborrables sensaciones, desde la
impresión ante su historia, desde la
alegría desbordante, hasta la lágrima
conmovedora, la que experimenté en el
final del ciclo, con La Voz, de Callas a Sinatra.
Juro que costó recomponer la forma y
saludar. Esa extraña reacción
como cuando despedimos a un ser querido a punto
de hacer un viaje, un corto viaje.
Sabemos que llegará el reencuentro,
pero ese quiebre se vuelve inevitable. Y esta
relación magnífica que va y vuelve
entre el público santafesino con la
música como puente, comenzó tímidamente.
En el segundo espectáculo, Bolero de
Ravel, ya sabía que estaba en casa.
El placer aumentó en cada oportunidad.
Es obvio que este breve lapso hasta abril provoqué un
golpe de nostalgia, pues pierdo momentos ¿cómo
explicarlo?... inconmensurables. No sólo
se trata de una actividad profesional (y realmente
no sé a cuál equipararla). Juro
que es un disfrute mezclado con inquietud,
nerviosa seguridad con enorme responsabilidad.
Es espontaneidad de doble filo. Aquí –como
en todos mis ciclos– cada función
es absolutamente distinta, aún cuando
el tema lleve un mismo esquema. Varía
conforme la reacción del público,
y la motivación que en ese preciso instante
me llega desde él.
Digo “él” porque siempre
tengo la certeza que hablo con una individualidad,
como en un living (sin embargo, prefiero un
escenario a un living; lo percibo más
intimista). Inevitable se cumplen signos que
aprendí... se congelan las manos antes
de entrar al escenario; y a su vez, al entrar,
se siente “el halo mágico” como
decía una de las divas de la lírica,
Magda Olivero.
El público santafesino ratifica lo que ¡por
suerte! sucede en muchísimos casos:
el arte está al alcance de todos. Sólo
requiere sensibilidad. Y desde el primer instante,
no hubo lugar a dudas. El público santafesino
es no sólo sensible; es abierto y receptor,
exigente y contagioso. Y así el círculo
se retroalimenta, música mediante. Jamás
olvidaré el momento vivido con el célebre
Adagio del Concierto de Aranjuez. La conexión
fue impresionante. Todo flotaba; el sonido
había galvanizado la sala y nuestras
almas. Sé perfectamente que es una de
las obras cuya emoción no puedo controlar,
pues lo que narra –e intento describir
a la gente– es muy fuerte.
En esa ocasión, aquí en el Centro
Cultural Provincial, cuando la emoción
llegó al punto límite, se cerró el
círculo. El público y yo comprendimosque
nos comprendíamos. Cuando termina, con
el ascenso del niño al cielo, tal como
lo cuenta el Adagio, y estalló el aplauso,
las lágrimas, la querida gente de pie,
yo que no encontraba un cono de sombra, en
fin... fue un acuerdo tácito. Me sentí contenido.
Es algo así como una plena realización
compartida.
—¿Qué balance puede hacer
de este 2007 a nivel personal? (Premio Fund
TV, Lanata PM, sumatoria de ciclos, entre otros).
—Lo fundamental: estoy afianzando mi
principal objetivo, llegar al verdadero país,
el interior. Viajo mucho pero quisiera triplicarlo.
Muchas veces me lamento que no se concrete
por carecer de un ínfimoimpulso desde
el otro extremo.
Temen y cuando se atreven, el público
demuestra el error –obvio, de buena fe,
con buena onda ¿Es un concierto? ¿Es
una clase? No hay que explicarlo. El público
lo intuye, no necesita aclaración, aunque
tuve que encuadrar mi actividad como “espectáculos
didácticos”. Comencé en
Capital, y nunca terminaré de tributar
a seres sensacionales cuya fidelidad alegra
e impulsa hace tantísimos años –hay
quienes iniciaron el camino conmigo–¡hace
33 años!
Ahora, Capital ha quedado prácticamente
reducida a los cursos que únicamente
puedo dictar en una institución que
adoro, El Ateneo (en el Auditorio de esta clásica
librería), y el ciclo principal, en
el Teatro Avenida con 10 funciones (de marzo
a diciembre). En 2008 realizaremos la 15ª temporada
de abono (es decir, hace 15 años que
un promedio de 600 personas apuesta por anticipado
al ciclo). Y lo dedicaremos a Clásico
y Moderno, pues en cada función expondremos
puntos de contacto entre los creadores de la única
música, la buena. Así, se dan
la mano Mozart y Lennon, o Mahler y Queen,
o Vangelis y Don Beetho (o sea Beethoven, según
una causa histórica), y desde el tango
a la sinfonía, o desde Carmina Burana
a Puccini...
El 2007 está dejándome un abanico
fantástico. Como un disco que se graba.
Jamás imaginamos que con una producción
marcada en cero, obtuviéramos el Premio
Fund TV compitiendo con magníficos productos
como Algo Habrán Hecho (de Telefé)
y Filmoteca (de Canal 7). Es más: La
Clásica Música, el programa de
cable (por Canal Formar), surgió tras
infinidad de propuestas que me hacían
y que nunca maduraban ni escuchaban los productores;
cuando se complicó y debían buscar
estudio, equipamientos especiales, y lo peor
para mí, insumir tiempo extra, pruebas
y repeticiones al infinito decidí: que
sean mis funciones, sin guión y directamente
desde el Avenida. Necesito de la sinergia con
el público.
Y en el mejor surco de este disco, surge Jorge
Lanata. Fue primero una invitación para
hablar de Wolfi (Mozart) en el Educando a Romina
que ya era un tradicional. La consonancia fue
inmediata y me convocaron para la columna ¿Debo
repetir que no sé cómo tributar? ¿A él,
a todo el Equipo, con mayúscula? Porque
lo que se escucha es así de real y auténtico.
Como su frase “las cosas como son...”.
Y Lanata es tan criterioso como inteligente,
tan apasionado como sereno. Siempre admiré al
profesional y polifacético Lanata; pero
también la música me regaló el
honor de conocer al titánico ser humano,
que enseña, que guía, que se
conmueve e identifica.
Todo esto con un detalle particular: esa relación
abierta, sincera y de mutuo respeto, va exactamente
en ese día, de 17 a 18 y en el límite
físico de Del Plata. Trabajar y tratar
de sincronizar con semejantes profesionales
es tan aleccionador como motivante. Ellos realmente
escuchan y “volamos” juntos, desde
las inquietudes al aporte de toda la mesa.
Se improvisa, se arma allí, con la adrenalina
de la producción y la pericia de la
operación técnica.
Con 30 años de radio, me siento “en
el halo mágico”. Hasta se pierde
el apetito. Pero esto es poco cuando se trata
de Del Plata, pues allí comenzó a
realizarse mi sueño de divulgar la música.
Fue la primera AM que apostó a la música
clásica. Empecé en el 93 y siempre
la viví como mi casa. La que me permitió desde “ver” al
público hasta tener el programa de mayor
duración, El Paraíso, clásico
de domingo, de 9 a 21. Sí, doce horas,
con la música –toda la música– como
excusa para recorrer los más diversos
temas.
Otro momento fabuloso fue El nuevo viaje musical
a Viena. Cursillo y materiales previos, y la
compañía de 15 personas. Formamos
un cromático grupo con plan de 12 días. Óperas,
conciertos, ballet, ensayos ¡sólo
para nosotros!, sorpresas, rarezas, excursiones,
momentos sublimes con lo más excelso
de la música, desde Domingo a Ozawa,
desde Edita Gruberova a Maazel, desde Vivaldi
a Mahler. A lo pautado, agregamos lo que allí descubro
y combinamos.
Impulsado por ese grupo, ya lanzamos la inscripción
para el Tour 2008 que en febrero debe cerrarse.
Tal vez sean 22 días en junio entre
Viena, París, Milán y Verona.
Estoy cerrando la complicada ingeniería
de fechas para aprovechar al máximo.
Hay que equilibrar tiempos con la mayor variedad
de estilos y géneros. Los artistas van
de Argerich a Pollini, de Ozawa a Mehta, de
Maazel a Muti, de Netrebko a Gruberova. Nueve óperas
(de Donizetti a Strauss), 17 conciertos (de
Bach a Messiaen). Además, en ese período
confluyen intérpretes de todos los puntos
cardinales. Es ideal. Mi área compite
sólo en el armado artístico;
luego organiza la agencia de Semana Musical
Llao Llao, prestigiosa y seria.
Y también 2007 deparó dos grandes
eventos: Callas Diva, a 30 años de la
muerte de María Callas,
la voz del siglo: fue en dos partes, a sala
colmada, en El Nacional.
Era la primera de las galas anunciadas en septiembre
del 2006. La segunda se cumplió en la
fecha fijada, el 16 de octubre: Caro Pavarotti.
Esta “voz de sol” como la llamo,
que perdimos en septiembre, precisamente entre
la primera y la segunda parte de Callas Diva.
Septiembre se llevó a dos grandes: Callas
en el 77 y Pavarotti este año. Las ediciones
especiales que veníamos armando desde
enero fueron arduas, pero parece nada ante
la emoción que desbordó todo
lo imaginable. Hubo que agregar funciones extraordinarias
en el Avenida.
Precisamente con Caro Pavarotti (un recorrido
por su arte, con arias, canzonettas, los Tres
Tenores, anécdotas, sus amigos como
Bono y Liza Minelli) será el eslabón
inicial del ciclo La Clásica Música
en Santa Fe 2008. Exactamente, el miércoles
9 de abril, siempre en el Centro Cultural Provincial ¿Y
otros temas en carpeta?: La Traviata, Carmen,
De Vivaldi a Queen, la Novena de Beethoven,
Clásicos en Mi Buenos Aires Querido,
Gershwin... veremos. Siempre con pantalla gigante
y subtitulados, claro.
—¿Qué proyectos nuevos
tiene para el año que viene?
—Llegará el libro que tuve que
postergar (encargado hace... mucho tiempo por
una clásica editorial),
aunque debería estar escribiendo el
segundo, según el compromiso. Debo musicalizar
una película sobre un capítulo
del holocausto. Y estamos en la implementación
de un sistema de divulgación musical
por conferencia en red.
Tengo dos deseos muy obsesivos. El programa
de radio, y la asiduidad de los conciertos
didácticos con multimedia con orquesta
sinfónica, que inauguramos con una serie
con la Sinfónica del Neuquén ¡y
fue bárbaro!
Seguirán las galas en el Avenida: Maestro
Karajan (se cumplen 100 años del natalicio
del, para mí, más grande director
del siglo XX). Y la dedicada a Plácido
Domingo.
Espero lanzar (¡de nuevo!) el ciclo La
Música del Pasado Siglo XX. Ojalá el
público confíe. Trato de no bajar
los brazos. Es una constante preocupación.
Me apena que la gente se pierda maravillas
por un prejuicio que tiene complejos orígenes.
—¿Cómo ve la enseñanza
de la música en la educación
formal? ¿Sirve para algo tal como se
la imparte hoy?
—Entendiendo que se refiere a la enseñanza
en primaria y secundaria... hay excelentes
docentes y apasionados
educadores, a veces aprisionados en sistemas.
El cambio es sencillo y sin costo. Simple decisión
de estrategia (llámese “política”).
Inducir a conocer toda la música. Obviamente,
algunos docentes (que presumimos en su buena
fe) deberán discernir para optar por
lo afinado. Se puede orientar al educando de
mil modos, pero siempre optando por la calidad.
Que tanto el docente como el alumno encuentren
felicidad (desde la calidad) en Vivaldi como
en Queen. El docente sabe que nunca la hallará (calidad
como felicidad) en tantos ¿intérpretes?
y bandas extranjeras y locales que ofende mencionar
(aunque sí pueda encontrar otro modo
extraño pero respetable de felicidad).
Claro, sería bueno tener las pruebas:
si las hay, deben ser las partituras.
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