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Diario UNO - 23-03-2009

Música.¡Viva la orquesta! en la entidad albinegra del Parque Urquiza
Y la orquesta se volvió a lucirse ante un marco notable en el CAE

El viernes, Marcelo Arce y la Sinfónica deslumbraron a cientos de personas con una función especial.

Luciana Actis / De la redacción de Escenario

El imponente paisaje de Bariloche, en Río Negro, es el entorno de uno de los más importantes hoteles del país, el Llao Llao. Allí, desde hace 16 años se lleva a cabo la Semana Musical Llao Llao, uno de los festivales de mayor trascendencia en todo el cono Sur, cultural y turísticamente hablando.
Son ocho jornadas repletas de grandes artistas invitados, provenientes de distintas partes del mundo. El sábado pasado se realizó el concierto de cierre con la presentación de la Orquesta Sinfónica de la UNCuyo, de nuestra provincia.

El conjunto musical interpretó un atractivo repertorio en el exclusivo Salón Llao Llao. Ante unas 600 personas, en su mayoría turistas amantes de la música clásica, se escuchó el mismo programa que la orquesta interpretó la semana anterior en el teatro Universidad. Hablamos del Concierto para piano y orquesta Nº1, de Chaikovsky, interpretado por el solista Roberto Urbay, y una selección de tres obras instrumentales de Richard Wagner como cierre, las cuales fueron ejecutadas de forma casi continuada, como si fueran movimientos de una especie de “sinfonía wagneriana”.

A su vez, ayer al mediodía, la orquesta se presentó en la conocida catedral de la ciudad de San Carlos de Bariloche. En el Día de la Madre se escuchó una de las obras de Wagner y fragmentos de las suites Nº1 y Nº2 de Peer Gynt, de Edvard Grieg, interpretados con exquisitez y buen gusto. Ante unas 400 personas, la Orquesta Sinfónica de la UNCuyo tuvo una despedida maravillosa antes de emprender el largo viaje de regreso.

En ambos conciertos, el difusor musical Marcelo Arce ofició de presentador y con su tan particular modo introdujo cada una de las obras a interpretar con didácticas explicaciones y divertidas anécdotas.

Músicos y personal institucional de la Sinfónica comentaron que ya ha pasado casi una década desde la última vez que el grupo realizó una gira similar, la cual, casualmente, fue en la misma ciudad. “Decimos gira porque estamos más de un día y damos más de un concierto, no es sólo viajar, tocar y volver\", explicaron los artistas. Y es que mover a un grupo de más de 70 profesionales con sus instrumentos, todos muy valiosos y algunos de gran tamaño, no es fácil ni barato.

La XVI edición de la Semana Musical Llao Llao estuvo organizada por el también músico Martín Nijenshon, al igual que en las 15 oportunidades anteriores. La participación de la orquesta mendocina se debió a la amistad que une a Nijenshon con el director de la Sinfónica, David Handel, convirtiéndose este viaje en otro de los logros que el norteamericano ha tenido en sus cuatro años de gestión.

El pianista cubano residente en Mendoza Roberto Urbay tuvo una segunda chance el sábado ante el más de medio millar de personas que asistieron al bello y lujoso Salón Llao Llao. Con un gran despliegue de virtuosismo, pasión, destreza, fuerza y agilidad, el prestigioso instrumentista se reivindicó luego de la mala pasada que le jugó su memoria en el concierto ofrecido en nuestra provincia, el viernes 10. De ese modo, la obra de Chaikovsky hizo lucir tanto a la orquesta como al solista en emotivos diálogos y una dinámica interacción a lo largo de sus tres movimientos.

La segunda mitad del concierto fue un fresco de la épica wagneriana que impactó y cautivó a los presentes bajo los trazos firmes de la batuta de Handel. La orquesta sonó compacta, ajustada y precisa, con momentos de magnitud e intensidad o de delicada sutileza según la obra lo requiriera. Un extensísimo aplauso y muchos “bravos” pusieron en evidencia que los mendocinos superaron todas las expectativas con un concierto prolijo y de primer nivel.

Recintos de lo sagrado
El hotel Llao Llao, ubicado entre los lagos Nahuel Huapi y Moreno, ostenta un paisaje monumental acorde al concierto. La construcción estilo canadiense ofrece una espectacular vista al magnífico manto natural que la rodea creando un clima de inefable calidez. Fue el marco estéticamente perfecto para la velada, aunque en cuanto a la acústica no se puede decir lo mismo. El salón en el que se presentó la orquesta tiene forma de L, y los músicos fueron emplazados en el vértice.

Así las cosas, el público del sector izquierdo disfrutó sin inconvenientes del sonido de los violines y violas, en detrimento de las cuerdas graves. Lo opuesto para quienes estuvieron en la zona derecha, donde los violonchelos y contrabajos sonaron con brillo, opacando a los agudos. Por suerte, los vientos no sufrieron el mismo problema.¿Quién dice que la música “de la academia” es sólo para los que entienden? ¿O que para escuchar a la sinfónica hay que acatar un rígido ritual protocolar? Marcelo Arce y la Orquesta Sinfónica de Entre Ríos demostraron que la música puede ser para los que no entienden de música, y que la sinfónica puede disfrutarse junto a una piscina y de entre casa, que no es poco.

Una noche templada y un cielo estrellado se prestaron para crear una velada ideal; oportunidad que fue bien aprovechada por las cientos de personas congregadas junto a la piscina del Club Atlético Estudiantes. Con la orquesta presta a tocar y el público colmando las gradas, el maestro Reinaldo Zemba y Marcelo Arce hicieron su aparición en medio de calurosos aplausos.

OBRAS QUE SON AMORES. Sin esperar demasiado, los músicos comenzaron a interpretar la Marcha Radetzky, de Johann Strauss I, mientras Arce explicaba los pormenores musicales y anecdóticos de la obra y de su autor. La velada continuó con la apreciación de la obertura de El murciélago, del genial Johann Strauss II, o Yanni, como Arce lo llama para diferenciarlo de su padre.

En seguida, fue el turno de Los toreadores, de la célebre ópera Carmen, de Georges Bizet. Pero, tras la apasionada interpretación de la orquesta, sucedió un afortunado percance: el lugar quedó a oscuras, y los parlantes, en silencio. Y lo que debería haber sido un incómodo contratiempo, pasó a ser uno de los momentos más cautivadores de la noche, gracias al virtuosismo y buen humor de los músicos.

Improvisando, y haciendo gala de su capacidad para adaptarse a cualquier situación, los vientos comenzaron a interpretar el chamamé Kilómetro 11, a lo que de a poco se fueron sumando las cuerdas. Lo que fue un pequeño momento de juego y distensión para los músicos, para el público significó una hazaña merecedora de ovaciones y de algún sapukay.

Algunos minutos después, los desperfectos técnicos fueron solucionados y el espectáculo de apreciación musical retomó su curso. Con el carisma que lo identifica, Arce empezó a describir cada motivo musical con sus significados y sus porqués, respaldado siempre por la certera batuta del maestro Zemba, quien hacía repetir los pasajes tantas veces como fuera necesario, con el objetivo de que la concurrencia pudiera apreciar con detalle cada obra.

La magnífica interpretación de La muerte del ángel, de Astor Piazzolla –que, según Arce, describe el asesinato de un ser celestial a manos del demonio, encarnado en un malevo-, constituyó uno de los momentos más cautivantes de la velada, en que las cuerdas hechizaron al público con un hermoso sonido nostálgico.

Pero las cuerdas no fueron los únicos instrumentos que se lucieron: Arce se aseguró de que cada instrumento tenga su momento de protagonismo, haciéndolos sonar por grupos, y solicitándoles complejos requerimientos, que todos los músicos pudieron desempeñar satisfactoriamente.

LA GENTE QUISO MÁS. La velada única vivida en ámbitos albinegros, que se extendió durante dos horas y media, concluyó más rápido de lo que el público quizás hubiera deseado. En medio de los sinceros aplausos, Arce, Zemba y los músicos agradecieron al público con la promesa de un reencuentro, para volver a dejar en claro que la música es para disfrutarla, y la orquesta, para vivirla.

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